Una tesis de flamenco contemporáneo

Entretenida. Sólo entretenida. Ni flamenco ni espectáculo fue lo que vimos el lunes para terminar el ciclo Flamenco viene del Sur. Así el broche de un festival quedó desajustado. Aleccionador, sin embargo, lo que se pudo leer entre líneas, que el flamenco se va haciendo, como el camino de Machado o la revolución de Carpentier, y la teoría es inútil sin este armazón que constituye el día a día de los flamencos. También es interesante asomarnos a las interioridades de la creación, tanto pragmática como intelectual, a sus tesoros y miserias, sobre todo miserias, que no es sino una forma de airear los trapos sucios.

Un escenario dividido en dos nos muestra esta dicotomía. Es una casa de vecinos en la que viven, en un lado un escritor (Luis Lara) que realiza una tesis sobre el flamenco contemporáneo, en el otro el bailaor Javier Barón que trata de montar un espectáculo. A partir de ahí, todo queda a medias, ni el teórico aporta argumentos interesantes al flamenco, aparte de desmontar lo añejo, ni el bailaor baila. Javier se da unas pataíllas, eso sí, muy bien puestas, pero que no dejan de ser una pincelada para abrir boca sin dejar satisfecho en ningún momento.

Que el duende no existe, nos lo dejó claro el escritor jerezano. Sin embargo, el pellizco, ajeno a esta obra, sí lo hemos sentido en más de una ocasión. Este espectáculo es para no iniciados, para pasar un buen rato con la excusa del flamenco, para reírse de unos chistes, al estilo de Florentino Fernández imitando a Chiquito, más o menos acertados, pero su abundancia llega a saturar.

De ocho partes diferenciadas consta la obra, donde se hace un recorrido incompleto del cante flamenco. Comienza por bulerías y acaba por bulerías. Es en este palo, y en la soleá, su hermana mayor, donde el cantaor José Valencia domina. Sin embargo, en las seguiriyas y, sobre todo, en las malagueñas, deja claro su desvarío.

Sin duda, lo mejor de la velada, aparte de los apuntes ya aludidos de Javier, ha sido la guitarra de Dani Méndez, el de Morón, que, con sus granaínas en solitario o con sus aportaciones por seguiriyas, se quejaba más que la voz.

Por último, un reconocimiento a una idea original. Simulando una videoconsola, se proyecta un videojuego en la pared, Combate flamenco, que es una lucha entre dos bailaores, en distintos escenarios, el barrio de Santiago en Jerez o las 3.000 viviendas en Sevilla, a ver quién no pierde el compás.

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