El tito rockero

  • Hasta un paseo en coche para comprar un helado en el pueblo de al lado podía convertirse en una aventura si el conductor era Miguel Ríos y a bordo iban 19 niños

Ellos nunca vivieron el Miguel Ríos mito. Sus recuerdos son del tito rockero que revolucionaba a toda la familia con sus visitas, del tito que daba el aguinaldo más grande en Navidad y del que les regalaba la ropa más rara que se podía ver en toda Granada; y todos ellos están convencidos de que ese Miguel Ríos nunca se va a despedir definitivamente de los escenarios. Le sobra "demasiada música" para eso.

Ahora, casi medio siglo después de que el niño pequeño de la familia Ríos hiciese la maleta rumbo a Madrid sin dinero pero con muchas ganas de triunfar, los veinte sobrinos del artista se han convertido en los grandes testigos de su carrera y en los mayores depositarios de un legado de fotografías, discos y recuerdos de un valor incalculable.

"Siempre ha sido un hombre muy cariñoso y ha intentado en todo momento que la familia estuviese muy unida", recuerdan Nacho, Nati, Luja (Luis Javier), Mª Carmen y Cambi (Antonio) como representantes de la gran saga. "En cuanto tuvo algo de dinero le quiso regalar a nuestra abuela una casita en Mezquitilla, al lado de Torre del Mar, donde veraneábamos todos. Una vez, aproximadamente en el año 73, llegó vestido muy estrambótico y con un coche enorme, como los que salían en las películas americanas. Nos dijo que nos iba a llevar a tomarnos un helado de chocolate, así que al instante nos subimos 19 niños de todas las edades en ese coche", cuentan. "Fue uno de los viajes más divertidos de nuestra vida. El tito Miguel nos enseñó la canción que teníamos que cantar si nos paraba algún guardia: "Toma chocolate, paga lo que debes". Al final éramos nosotros los que íbamos buscando a todos los guardias para cantársela y aún hoy todos nos acordamos de ella y sigue teniendo mucho significado para nosotros".

En familia, Miguel Ríos es tan cercano y campechano como cuando se sube al escenario, así que lo mismo se pone el delantal para improvisar algo en la cocina que se 'cuela' en un partido de balonmano de sus sobrinos para animar desde el público con más entusiasmo que si estuviese celebrando el gol de Iniesta. "Siempre ha sabido darnos cariño a todos por igual, a pesar de ser tantos. Todos nos sentíamos igual de queridos y siempre procuraba estar pendiente de todos", dicen.

Los discos con los singles de Mike Ríos que hoy son piezas de coleccionista eran los juguetes preferidos de sus sobrinos. "Oír las canciones del tito y hacer playback con ellas era lo más grande", recuerda Luja. Aunque la ropa que utilizaba en sus conciertos -y que tenía una vida muy corta por culpa de una moda que en los 70 parecía ser más pasajera que nunca-  también servía de motivo para tenerlos entretenidos durante horas. "Dejaba en la casa la ropa que ya no usaba y a nosotros nos fascinaba vestirnos con esos colores y esas formas tan raras. Nos bajábamos a la playa para pasear con ella y nos gustaba parecer guiris y que todo el mundo nos mirase. Una vez hasta nos llevamos un sofá de plástico que estaba relleno con plumas para meternos en el agua con más glamour que nadie", cuentan.

En el colegio no les gustaba alardear de tito famoso, tanto que cualquier comentario que les hiciesen al respecto lo vivían con "cierta vergüenza", toda la que no le echan ahora los sobrinos de la segunda generación, a los que les encanta presumir de parentesco.

Cuando Miguel Ríos empezó a producir sus espectáculos por los años 80, quiso rodearse de los suyos y convirtió el equipo de trabajo en una extensión más de su familia. Sus sobrinos se convirtieron en chicos para todo y, lo mismo cargaban y descargaban los camiones que se dedicaban a manejar las luces, a velar por la seguridad, a llevar la contabilidad o a vender camisetas. Tal era entonces el sentimiento de fidelidad a su tío que, en una ocasión en la que el escenario se electrificó por culpa de la humedad y todo el mundo abandonó rápidamente el recinto, ellos continuaron subidos a un andamio al borde de una descarga negándose a colaborar en lo que creían que se trataba de algo parecido a un boicot por parte del equipo.

En esos años conocieron a artistas que admiraban mucho, como Luz Casal, y aprendieron los entresijos del que hoy es oficio de varios de ellos, pero a ninguno le terminó por contagiar del todo el veneno del rock'n'roll. "Quitando a Lúa, su hija, que es una gran artista, ninguno de nosotros cantamos demasiado bien, nos iba más el deporte. Ahora, en las nuevas generaciones parece que la cosa puede cambiar...", dicen. 

Se saben de memoria todas y cada una de las canciones de una trayectoria tan larga como brillante. No estás sola, En el parque, Hola y adiós, El blues del autobús y Al-Ándalus son unánimemente sus favoritas, aunque reconocen que serían incapaces de quedarse con tan sólo algunas. "El niño salió muy listo y ha hecho cosas muy importantes en la música española. Ha sido el más  grande sobre el escenario y cada vez ha ido a más. No ha mermado en sus facultades, al contrario, siempre se ha preocupado por seguir aprendiendo y ha mantenido su compromiso con aquello en lo que creía. Se ha ganado el respeto de la gente de la música, y eso es algo que no tienen todos".

El paso de los años parece no hacer mella en la buena sintonía que todos mantienen. De  hecho, cuando el cantante se transformó en Rey Mago en la Cabalgata de Reyes, estuvo arropado por varios de sus sobrinos, que sin caber apenas en los trajes de pajes ni en la carroza, disfrutaron como niños arrojando caramelos.

Pero, ¿creen ellos que esta retirada de Miguel Ríos va a ser para siempre? Hay respuestas para todo, pero la mayoría piensa que no, que el alma de rockero no se va a agotar nunca. De todas formas, este fin de semana se reunirán al completo como vienen haciendo desde hace años para celebrar juntos  un adiós que en realidad es un hasta siempre.

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