La trastienda del novelista

  • En su último libro, con su lucidez característica, Umberto Eco cuenta la génesis de sus títulos más famosos: 'El nombre de la rosa', 'El péndulo de Foucault', 'Baudolino'

En Ensayos de incertidumbre (Lumen), un volumen que aconsejo vivamente, Juan Benet escribe unas líneas que ponen a uno en una situación embarazosa: "Desde mi punto de vista, el crítico literario debe ser todo menos un policía de tráfico". Unas líneas embarazosas, digo, pues tal me siento ahora. Me gustaría colocarme en medio del tráfico y sacar al lector del atasco de las superventas y orientarlo, a través de calles y callejuelas, hasta una plazoleta aislada y luminosa en donde encontrará inmediatamente un aparcamiento, un banco para sentarse, árboles si quiere sombra y una fuente por si tiene sed. Me gustaría, por ejemplo, detener al lector ante una deliciosa miniatura, Confesiones de un joven novelista, escritas por un autor tan exitoso como anómalo, Umberto Eco, cuyos libros quizás encuentren en las estanterías junto a los de Dan Brown u otros pelagatos. Craso error. No se pueden mezclar churras con merinas. Gustará más o menos, pero cuando hablamos de Umberto Eco lo hacemos de un escritor como dios manda y no de un escribidor de tres al cuarto.

Los cuatro textos reunidos en Confesiones de un joven novelista nos permiten apartar la cortina que conduce a la trastienda de un novelista con una obra narrativa no extensa, y no exenta de detractores, empero contundente. Umberto Eco ha firmado seis novelas hasta la fecha. Seis obras de complejas arquitecturas que han necesitado una lenta gestación: El nombre de la rosa le llevó dos años escribirla, pero El péndulo de Foucault tardó ocho en recibir el beneficio del punto final; La isla del día de antes y Baudolino requirieron seis años cada una, mientras La misteriosa llama de la reina Loana exigió cuatro y siete El cementerio de Praga. Con no poca retranca, Eco dice que confía en escribir muchas más en los próximos cincuenta años. Nosotros no le pediremos tanto. Bastaría con que, antes de subirse al último tren, aún ofrezca un par de novelas tan desmesuradas o abrumadoras, si se quiere, pero tan bien construidas, tan repletas de hallazgos, tan inteligentes como éstas.

En estas Confesiones, Eco evoca el cúmulo de circunstancias que lo llevaron a embarcarse en una nave tan incierta como El nombre de la rosa (1980) -una intriga criminal ambientada en un monasterio en pleno Medievo- cuando él estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta: "una amiga mía que trabajaba para un pequeño editor me dijo que estaba pidiendo a autores sin experiencia en la novela (filósofos, sociólogos, politólogos, etcétera) que escribieran un relato breve de detectives. [Le] respondí que no me interesaba la escritura creativa, y que estaba seguro de ser absolutamente incapaz de escribir buenos diálogos. Concluí diciendo (no sé por qué), provocativamente, que si tuviera que escribir una novela negra, esta tendría por lo menos quinientas páginas y estaría ambientada en un monasterio medieval. Mi amiga dijo que no estaba tratando de pescar novelas torpes para ganar dinero, y así terminó nuestro encuentro". Pero al volver a casa, Eco empezó a hojear el material que había acumulado a lo largo de los años y se percató de que "en el recodo más secreto de mi alma había estado creciendo la idea de una novela sin ser yo consciente de ello". La suerte estaba echada.

Con la lucidez que lo caracteriza, Eco no apela a la inspiración, sino a la transpiración. No es sensato dejar la página en manos de las musas, que hoy acuden prontamente a tu llamada y mañana quizás te manden a hacer puñetas; una buena página requiere trabajo, trabajo, trabajo, y ojo avizor. Al pergeñar el complejo puzzle que conforma toda obra narrativa, el autor debe ser consciente de la enorme batería de significados y significantes puestos en marcha. Eco explica de dónde vienen los títulos de sus novelas, qué ocultan los nombres de ciertos personajes, a qué responden ciertos episodios de la trama, de cuáles veneros se nutre, y no duda en confesar su perplejidad cuando algún estudioso intenta atribuirle unas influencias o unos conocimientos que no tiene. En tiempos como los nuestros, en los que la costumbre es colgarse medallas a diestro y siniestro, este gesto de honestidad merece un aplauso.

Personalmente, además del apabullante trabajo de documentación, de sus novelas destacaría el trabajo con la palabra. Eco es un ebanista paciente y meticuloso. Asimismo, sobresale el ímprobo esfuerzo en obtener lo que en este libro Eco llama la "doble codificación": una escritura doble que, en un plano epidérmico, satisfaga al lector menos sofisticado, pero que en todo momento ofrezca hondura suficiente para que los lectores más exigentes puedan cavar cuanto quieran. La novela actual está necesitada de autores como él.

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