La 'trilogía' Bruckner-Barenboim

No es la primera vez que suena Bruckner en el Festival, pero sí llenando tres conciertos consecutivos con sus tres últimas sinfonías (Séptima, Octava y Novena). La Séptima, con la que abrió Daniel Barenboim y la Staatskapelle Berlin la 'trilogía' sinfónica, se la escuchamos en 1980 a la Staatskapelle de Dresde, dirigida por Herbert Blonmstedt. La Novena, la ofreció en el 2000 la Sinfónica de Londres, dirigida por López Cobos. Antes, en 1981, la Orquesta Nacional y el Orfeón Donostiarra, interpretaron el Te Deum, bajo la batuta del granadino Miguel Ángel Gómez Martínez. Ayer mismo el Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana y la Orquesta Ciudad de Granada, conducida por Pablo Heras interpretaban en el monasterio de San Jerónimo la Misa núm. 2 en Do menor. Como se verá, el Festival ha estado abierto a Bruckner, aunque no con la frecuencia que todos hubiésemos deseado. Por eso creo que es un acontecimiento este 'engavillamiento' del compositor austriaco, el que dicen estamos 'descubriendo' en el siglo XXI.

Aunque tardío -como ya comentaba el pasado viernes, analizando al autor y su obra, en especial, las últimas sinfonías- llevamos casi un siglo de 'reescubrimiento' de este genio de la duda y de la 'fé del carbonero', fe en su dios supremo y en el dios musical que fue Wagner. Quizá la Séptima sinfonía sea la más wagneriana de todas, en su presentación -los metales grandielocuentes y presentes-, en su interiorismo, en especial el bellísimo Adagio (sehr ferelich und sehd langsam), escrito en homenaje a la muerte presentida de su admirado Wagner, y que la radio alemana eligió para anunciar la muerte de Hitler que, como todo el mundo sabe, era un apasionado wagneriano. ¡A los monstruos también les gusta la música!

A quien de verdad les encanta Bruckner es a los directores de orquesta. Desde Furtwängler a Karajan, desde Celibidache -que consideraba a Bruckner, culminación del sinfonismo europeo- a Barenboim, el encargado de esta 'trilogía' sinfónica. Una 'trilogía' que inició, con la Séptima, la más conocida y considerada, aunque para mí la menos personal de las siguientes, sobre todo la Octava. La dependencia wagneriana se nota demasiado -no sólo por el adagio-, sino por su forma de presentar los bloques sonoros, en especial el metal, por su intensidad melódica, en unas cuerdas extraordinariamente sugerentes, por el juego dramático que desarrolla a lo largo y ancho de la obra. En especial en los dos primeros movimientos, que son el punto culminante, incluso sobre el convencional Finale.

En cualquier caso es una partitura muy bella -escuchamos la edición de Leonald Nowak- que exige una orquesta con firmeza, plenitud y poderío como la Staatskapelle Berlín, con una cuerda, que en la disposición en que la colocó Barenboim, es capaz de envolver magistralmente -aunque obviamente algo más ruda que la de la Concertgebouw-, la intensidad y elocuencia de los temas, en diálogo con el despliegue de viento, en especial el metal, tan wagneriano y omnipresente en la sinfonía. Necesita, desde luego, un director cuidadoso no sólo de la grandeza, sino del intimismo, la sutilidad de los planos sensitivos, en conversación permanente con las rotundidades orquestales. De ahí que tanto contraste, tanto mundo sumergible para un buceador de la orquesta, atraiga a los directores, para desbrozar y mostrar los tesoros ocultos o sumergidos en ese mar proceloso bruckneriano.

Fue precisa y llena de emoción la versión de Barenboim. Un inicio excelente de tres noches para abismarnos por el universo de este vienés que tardó tiempo en ser reconocido, pero que es un músico clave para poder comprender en su plenitud el sinfonismo del siglo XIX, que sin él estaría incompleto.

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