El triunfo de la belleza

Haendel se equivocó, mirando al futuro, con el título de uno de sus primeros oratorios (del mismo año que La ressurrezione, 1707), Il trionfo del Tempo e del Disinganno. Si en esa idea programática, en la que participaron los músicos del barroco, siguiendo las directrices morales de los mentores de la Iglesia, tenía que 'ganar' a la fuerza el Tiempo y el Desengaño, sobre la Belleza y el Placer, este oratorio no tendría interés para los públicos de nuestros días, porque el tiempo lo habría borrado, como ha borrado tantas y tantas creaciones del barroco, del clasicismo, del romanticismo y hasta de movimientos más próximos a nosotros. Sería sólo una pieza para arqueólogos musicales. Y únicamente porque su autor se llama Haendel. Porque ya me dirán -se lo callan musicólogos y críticos- dónde están las obras de tantos coetáneos de los grandes de la música. Hay que preguntarse si no pocas creaciones de los históricos del barroco, por ejemplo, son 'tolerables' para los públicos apresurados de hoy.

Por eso, lo que salva a este primerizo oratorio haendeliano, es su belleza y el placer que produce su audición a estas alturas, cuando cuenta con gente tan especializada como Les Musiciens du Louvre, voces tan selectas como las que escuchamos la noche del martes en el Carlos V, y un director tan embebido en su labor de recreación, fidelidad y sensibilidad como Marc Minkowski. Pocos salen 'desengañados' de acudir a la velada y pocos, también, notan el paso asesino del 'tiempo', el transcurrido entre la creación de la obra y nuestros días. Así que ante el Trionfo de la Belleza e del Piacere -permitáseme el cambio- hay que rendirse, como nos rendimos la mayoría de los que asistimos a la velada.

En esta juvenil creación, siguiendo los cánones italianos, donde fue encargada y se estrenó, se alternan las dos introducciones, en forma de 'sonata', para las dos partes de la partitura, recitados y arias, desiguales en cuanto a brillantez, elocuencia -la tiranía de las arias pensadas para el lucimiento personal de los cantantes sigue pesando mucho-, pero sabiamente engarzadas por una creatividad musical que revela al genio, por encima del artesano de la música, que también está patente en muchas creaciones de Haendel. Con una orquesta reducida en elementos sonoros, es capaz de extraer una serie de matices que maravillan a los compositores de hoy. Como maravilla la frescura de muchas arias -no todas, por cierto-, que hacen que los públicos apresurados de hoy, los que nos pasamos los conciertos mirando el reloj, seamos capaces de seguir con el máximo interés el diálogo entre el cuarteto vocal, al que se unirán distintos instrumentos solistas -violín, violonchelo, oboe., etc.-, precisamente, por ese triunfo de la belleza sobre el tiempo. Y seguirlo, sin sentir el natural empacho, ante la tarta, excesivamente extensa y dulce.

Y no lo siente porque gracias a voces tan selectas como las de Olga Pasichnyk (Bellezza), Blandine Staskiewicz (Piacere), Natalie Stuzmann (extraordinaria contralto, protagonista del Disenganno) y Kresimir Spicer, potente y expresivo Tempo, podemos asistir a un diálogo emotivo y lleno de frescura, al que se unen diversos instrumentos, también con categoría de solistas. Por ejemplo, admirable fue el diálogo final del aria Tu del Ciel ministro eletto, donde la Belleza rinde el ministro celestial -como no podía ser de otra manera 'teológica'- su corazón lleno de ardores e infieles deseos y le entrega otro nuevo.

Así una sucesión de arias, dúos, cuartetos vocales, diálogos entre voces e instrumentos, recitativos y cuantos elementos utiliza Haendel de forma magistral -más en la segunda parte que en la espesa primera-, que cobran vida gracias a la calidad de los solistas, vocales e instrumentales, a la especialización de un conjunto como Les Musiciens du Louvre y a un director tan cuidadoso, metido en el espíritu y en el complejo y delicado material sonoro como Marc Minkowski. Fueron los aplaudidos y vitoreados protagonistas del éxito de una noche en la que, como digo, triunfó la belleza de la obra sobre el tiempo pasado desde que Haendel la concibió.

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