El viajero con marga blanco

El último tesoro verde

En Granada hay un paraíso escondido en el que todavía prima el canto de los pájaros, el olor a campo, el aire limpio, el frescor del rocío y el rumor del agua. De este oasis de quietud y paz, hoy casi desconocido, han sabido en todo el mundo gracias al testimonio de grandes autores. "Cuando W. Irving se marchó de Granada se despidió de la ciudad con una imagen que no olvidaría en su vida: el atardecer en los jardines, la Alhambra, y la llanura a la que se refirió en sus cuentos como 'deliciosa vega'", escribió Marga Blanco en su columna Ojo avizor de este mismo diario.

La poeta granadina reivindica la riqueza de la Vega de Granada como lugar de paseo, en la actualidad asediado por el cemento y el asfalto, que avanzan imparablemente hacia un futuro en el que es posible su desaparición. Blanco no quiere "ciencia sin raíces", como decía Lorca. Le gusta este lugar especial porque es de los pocos en los que aún "es posible notar el paso de las estaciones".

La ruta comienza en pleno ir y venir de coches, en una de las entradas de la autovía a la capital. En apenas unos minutos en automóvil alcanzamos el camino de Purchil, en el que -no con poca dificulta- se puede librar el viajero del vehículo para comenzar el recorrido andando. Caminar es una de las aficiones de Marga Blanco, que recuerda cómo su 'parque de la infancia' fue la Vega de Granada. En un camino paralelo al río Genil aprendió a montar en bicicleta, "ya no existe, está recubierto de asfalto", comenta con nostalgia. La escritora cree que es algo "irrisorio" que se construyan parques con cuatro columpios cuando ya existe uno, y mucho más adecuado.

Del tráfico más intenso se ha pasado casi sin darse cuenta, de manera lacónica, no brusca, a este camino por el que hay que discurrir con cuidado debido a la estrechez de la acera. Una familia provista de chándal tiene que caminar casi en fila india porque apenas cabe en la zona habilitada para los peatones. Los coches siguen pasando, por lo que cruzar se convierte en una tarea complicada. Sin embargo, ya se avistan los campos arados, los antiguos secaderos de tabaco y las ventas que se han convertido en establecimientos de hostelería que se abarrotan en verano por un público que busca todavía el frescor de esta zona.

Sierra Nevada será a partir de este punto una compañera inseparable. La imponente mole blanca brilla aún más en un día de primavera en el que los pájaros hacen lo propio y las acequias y pozos 'secretos' de los lugareños cuentan un pasado no muy lejano en el que la tradición imperaba.

A Blanco le gusta parafrasear a Gerardo Diego: "Me gusta simultáneamente el campo y la ciudad, la tradición y el futuro". La poeta se considera una mujer urbana, aunque no está dispuesta a renunciar al disfrute de la naturaleza. En su obra, se refleja la inspiración que le ha aportado el campo, pero también la ciudad, según se apresura a matizar.

Al superar la venta 'La Rana', que mantiene este nombre desde la época en la que el río pasaba por allí y al inundarse el terreno, el paraje se poblaba de cientos de ranas cuyo canto se escuchaba por todos los alrededores, el itinerario de la mano de Marga Blanco lo seguimos por un sendero que camina en dirección a la fábrica de Puleva, aunque esta última empresa queda a lo lejos.

En este camino comienzan a encontrase las primeras plantaciones, la tierra dividida en surcos, que parece un colchón mullido en el que poder recostarse. A Blanco precisamente le gusta ir más allá de la visión de esa tierra movida. Para ella significa que por allí hay aves que pueden encontrar sustento. Los pájaros han merecido su especial atención también en uno de sus libros: Mirando pájaros. Estos animales que, en principio, parecen todos iguales, en la cercanía ganan, es ahí donde se pueden apreciar sus distintos colores, tamaños y sonidos, según explica.

Éste no es más que un ejemplo del tamiz por el que Blanco mira la realidad: "Sólo hay que estar ojo avizor para darse cuenta de que no son ni parecidos, todo poeta tiene que tener una mirada observadora y distinta". Así, por el camino, ella se fija en las ortigas, en pequeñas flores azules o en las espigas que lanzaba a sus hermanos cuando era pequeña.

Campos de lechugas, de habas, de ajos… Al fondo, la sierra. Campos inaccesibles, que los hacen aún más interesantes. Jaramagos… Campos por los que los propios campesinos explican hasta dónde llega el sendero o cómo va la cosecha de este año. Gentes sencillas, mayores casi todos, que no saben a quiénes cederán el testigo.

Viveros con árboles de jardín, que han sustituido a los frutales… Aquí las posibilidades son inmensas: se podría finalizar en el interior de una alameda o llegar hasta el río, a pie o en bicicleta. En Marga Blanco vuelve a brotar su faceta más combativa y hace hincapié en que este 'parque' podría ser aprovechado para realizar rutas de senderismo guiadas o turismo rural, tal y como propone la plataforma 'Salvemos la Vega', cuyas propuestas comparte, como el apoyo a los cultivos ecológicos o la creación de medios de comunicación alternativos . Aunque es consciente de la dificultad, cree que es necesario que estos campos no se esquilmen más, que el desarrollo siga su curso de manera controlada y no se lleve por delante el último tesoro verde de Granada.

La ruta finaliza cerca de su inicio, en el camino de Purchil, en la venta de 'La Rana'. Un agricultor con su burro y su carro se acercan al edificio, ahora reconvertido en un asador de carne, regentado por el argentino Omar que está a su vez enamorado de la Vega, del olor del maíz por la mañana, de sus gentes "que se conforman con poco para vivir". En la quietud de la venta, una garcilla se posa sobre el chambao del horno y tan sólo por ese instante parece posible que la globalización y la modernidad puedan convivir con la tradición.

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