"El único que tiene derecho a sentirse como un tiburón es el poeta"

  • El poeta granadino presenta su nuevo libro, 'Una forma de resistencia', donde a través de la memoria de objetos de su casa repasa la situación actual del hombre y la crisis contemporánea a todos los niveles

Hay libros que se miran con respeto; otros se observan con rencor por el tiempo que hicieron perder; las estanterías también guardan ejemplares que provocan desdén y libros cómplices, de los que te echan una mano en el hombro. Una forma de resistencia, el nuevo libro de Luis García Montero, es de estos últimos. Un jersey viejo, unas sandalias o el reloj adelantado de la cocina cuentan su historia y, de paso, la del mundo actual, a través de la mirada profundamente emocionada del poeta granadino.

-¿Acaba de inaugurar con este libro el 'materialismo sentimental'?

-La idea es atractiva. Estoy convencido de que ninguna receta económica o técnica bastan para salir de esta crisis. Se necesita una reivindicación de los valores sociales y para eso son muy importantes los sentimientos. Sin sentir compasión o vergüenza, sin sentir solidaridad o amor es muy difícil romper con esta ley del más fuerte que impera hoy en la mentalidad dominante. Un libro dedicado a las cosas, a los objetos que recuerdan mi vida literaria y cívica, apuesta por una mirada no superficial, que quiere buscar la profundidad de la memoria, el relato humano. Creo que es una buena tarea para los escritores. Recuperar el relato humano, que el presente se vea vinculado con el pasado y el futuro.

-El libro puede abrirse en cualquier página. Lo abro en la 102, donde escribe: "Los proyectos incumplidos acaban pareciendo ilusiones en paro, inmigrantes sin una patria a la que volver". ¿Las promesas de amor de esas que no hay que cumplir se parecen a la de los políticos?

-Tanto en la política como en el amor parece que hay en la actualidad un 'miedo a comprometerse'. Yo no me comprometo, se dice con más frivolidad de la cuenta. Vivimos en un mundo en el que domina la inercia de usar y tirar. Da igual que sean objetos, cuerpos, valores o empleados. Esa moral está convirtiendo el mundo en un vertedero, y contra ese mundo es conveniente reivindicar los cuidados, la conciencia de las cosas que deben conservarse. Recuerdo a mi madre cuidando a sus hijos y limpiándole el polvo a algunos objetos familiares que merecía la pena conservar. Gracias a ella conservo algunas cosas de mis abuelos. Pero en esta herencia aprendí, además, que un día debo pasarle la antorcha a mis hijos. La memoria del pasado es la que evita una cancelación del futuro. Los vínculos forman comunidad, invitan al compromiso.

-"Limpiarle el polvo a las cosas, a las viejas cosas con nueva vida, implica una lealtad, una lucha contra lo perecedero, una oposición sentimental a las carencias del mundo". Se me viene a la mente la imagen de los despachos de los políticos o los grandes empresarios, impersonales, a la última en diseño pero fríos...

-Esos despachos son una buena imagen de la tecnocracia, un retrato de la deshumanización. No hay huella humana, todo es virtual, separado de la experiencia histórica. Hace poco, Mario Vargas Llosa le exigía a la literatura que fuese algo más que una tecnocracia. Si nos olvidamos de la huella humana, la retórica fría se queda hueca. Pasa en cualquier oficio, en la Universidad, en las oficinas de los economistas, en la política. Los cuerpos deben estar en medio, con su historia, con su realidad, con sus exigencias de responsabilidad.

-'Una forma de resistencia' entronca de alguna manera con la última película de Woody Allen, 'Midnight in Paris', donde el protagonista escribe una novela sobre una tienda de nostalgia... Al final comprende que hay que vivir el tiempo que nos ha tocado...

-Pues gracias. Brindo por Woody Allen. Mi libro no es una novela, pero sí pone en el centro del debate la nostalgia. Y no como una trampa para quedarme encerrado en el tiempo perdido. Si recuerdo la corbata que me regaló Alberti, la pluma de Francisco Ayala, la fotografía en la que estoy con unos amigos en medio de una manifestación estudiantil o una entrada de un partido del Granada al que fui con mi padre, es porque en esos objetos se han enredado mi vida. Y la herencia que recibí es la mayor exigencia de responsabilidad con el futuro. Soy poco amigo de la cultura de la instantaneidad, el deseo de pregonar lo que ocurre en pocas palabras y sobre la marcha. El tiempo humano es más lento y necesita un vocabulario más amplio, la insistencia de las repeticiones.

-"Al despertarse una mañana, tras un sueño intranquilo, Luis García Montero se encontró encima de la mesa del comedor convertido en una copa de cristal". ¿Un homenaje a 'La metamorfosis de Kafka'?

-Desde luego. Un homenaje y un modo de señalar desde el principio la conversación íntima con las cosas, la mirada literaria con la que quiero interpretar lo que me rodea. También un cuestionamiento de la identidad cerrada, inmutable, porque si algo nos ha enseñado la literatura contemporánea es que esas identidades rotundas del "yo soy" son una trampa. En el libro, junto a los objetos de memoria más personal, hay también elementos de cualquier vida cotidiana. Aparecen, por ejemplo, los espejos de mi casa y se ponen a discutir sobre mí. ¿Dónde está mi identidad? ¿En el dormitorio, en el cuarto de baño, en el espejo que hay junto a la puerta de la calle, ese que me ve cuando me he adecentado para presentarme en público...? Mi identidad es una mezcla de todo eso, un esfuerzo. Prefiero la voz que dice "yo hago", a la que dice "yo soy".

-La actualidad entra en su libro de nostalgia con frases como: "Me parecen muy peligrosos los políticos y las políticas que se sientan en un sillón oficial sin dejar en su casa una butaca a la que volver con dignidad". ¿El problema son los políticos profesionales?

-No, el problema es una ley electoral y una inercia en los aparatos de los partidos que ha separado de España real de la España oficial. Hay que reivindicar la política, porque es la mejor forma de encauzar la rebeldía ante el poder y conseguir una intervención en la realidad. Las energías del 15-M, por ejemplo, que han sido muy importantes, se disolverán si no encuentran un cauce político. Los partidos deben aprender mucho del 15-M, tienen que quitarse grasa. Pero el 15-M debe encontrar su voz política. La butaca es para mí el lugar de mi soledad, el sitio en el que leo, escucho música, escribo. Es una metáfora de mi independencia. Siempre repito que los ciudadanos que participamos en ilusiones colectivas debemos aprender a quedarnos solos, para no sentirnos obligados a cumplir consignas que estén por encima de nuestra conciencia. Algunos políticos se aferran al sillón oficial porque no tienen en su casa una butaca a la que volver.

-Por cierto, los Indignados de México se hacen llamar los Enojados. ¿Encuentra un matiz diferente en esta expresión?

-Sí, pero son diferencias de matices que se deben a la tradición en el habla de los dos países. En España, la palabra indignado tiene una connotación más social, porque la dignidad y la virtud pública han sido valores cívicos, republicanos. Aquí, el enojo me parece que se relaciona más con un sentimiento interior y casi siempre dirigido a una persona en concreto, alguien que nos molesta. Yo prefiero en cualquier caso la palabra rebelde. Aunque tampoco está mal insurgente.

-En la página 92 viene a decir que, en los tiempos que corren, si naufragamos en una isla desierta es más conveniente llevarse un lápiz y un papel antes que un libro. ¿Es hora de implicarse hasta en la soledad más absoluta?

-Desde luego. En la tradición poética, la soledad ha sido un sentimiento muy solidario. Uno utiliza la soledad del farero para vigilar el mar e impedir que haya naufragios colectivos. Vivimos tiempos de descrédito, de sospecha, de renuncia a las ilusiones colectivas. Han conseguido que vivamos en la fatalidad, la renuncia o el cinismo. Por eso insisto en la necesidad de recuperar el relato humano, sin cerrar los ojos al presente. Pero el porvenir es largo porque el pasado es largo también. Ningún fin justifica los medios, pero ningún medio es útil sin un fin humano.

-En sus intervenciones en La Sexta, en la tertulia política de 'Al rojo vivo', se le presenta como poeta entre periodistas, políticos o analistas. ¿Cómo se siente nadando entre tiburones? ¿Presentarse como poeta en un programa de actualidad es un acto poético?

-Y cívico. Yo no creo, por desgracia, que un poema vaya a cambiar el mundo. Pero creo en otras cosas. Por ejemplo, que el mundo iría mejor si los economistas, los banqueros, los políticos leyeran más poesía. Igual trabajaban para las personas y no para el dinero. Creo también que la poesía debe estar junto a las personas que pretenden cambiar el mundo. En las tertulias empecé sintiéndome como una paloma. Pero ahora creo que el único que tiene derecho a sentirse como un tiburón es el poeta, siempre que represente al ser humano. Los políticos y los analistas no han acertado ni una. En nombre de la ciencia, como si los mercados no fuesen un Dios, imponen medidas, y lo único que hacen es empeorar la realidad. Hace falta empezar a dar coletazos, para no llegar a los mordiscos y exigir otras mayorías, otra forma de hacer política, otro modo de pensar en la economía.

-"El mundo es respirable y permanece gracias a la fugacidad. Los dedos de la identidad tienen restos de pegamento Imedio". ¿El ser humano es un collage?

-Claro, de eso hablábamos antes. Hay que desconfiar de toda persona o partido que se considera el dueño de las esencias. Porque no existen esencias, sino experiencias históricas, realidades de carne y hueso.

-El capítulo dedicado a 'Los carnés' es uno de los que tienen más carga política y social explícita. ¿Le dicen sus seres queridos eso tan manido de "Luis, no te metas en política"?

-Me lo decía mi abuela. Me lo decía mucho también mi madre. El franquismo impuso un sentimiento de miedo ante la palabra política. Después me lo repitieron muchos partidarios del purismo poético. Cuando empecé a escribir me llamaban pequeñoburgués por escribir poemas de amor. La política estaba en su apogeo en los tiempos de la Transición. Ahora han cambiado las tornas y ocurre lo contrario. Lo que resulta sospechosa es la literatura política. Me parece otra trampa. Creo en la vinculación y en la conciencia crítica de los escritores. Eso sí, no deben confundir en trabajo con la divulgación de una consigna y tampoco deben permitirse la pérdida de independencia. Pero la responsabilidad social es inseparable de la creación.

-¿Qué carnés guarda en su escritorio?

-Vamos a ver, soy socio del Granada y del Real Madrid. Milito en CC.OO y en Izquierda Unida. Tengo el carné de la Biblioteca Nacional y de la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada. Los demás, pues ya se sabe, carné de identidad, de conducir, y alguna tarjeta de viajero como la Iberia Plus o la Tempo de RENFE.

-Con la prejubilación del profesor Fortes parece que se despeja su regreso a la UGR. Por cierto, ¿qué le ha parecido la rebelión de los rectores de universidad? ¿Son también unos perroflautas, como algunos tildan a todos los que manifiestan su desacuerdo con el nuevo panorama?

-Creo que ha sido una respuesta necesaria. La agresión a la educación pública es muy grave. No hay recortes, hay un plan para degradar la enseñanza pública y llevar a las clases medias al negocio de la educación privada. Además, creo que este ministro nos está faltando el respeto con los datos. Si no recuerdo mal, Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre fueron ministros de Educación. Nunca hubo con ellos guerra de datos. Este ministro se inventa datos para desprestigiar la Universidad y justificar sus medidas. La pérdida del rigor en la información es un mal síntoma. Cuando se quejó de que las familias no quisiesen gastar dinero en educación, debió haber dimitido de forma inmediata. La educación es uno de los grandes intereses del Estado, no una preocupación privada. En cuento a los perroflautas, la que se ha quedado fuera del sistema es la Constitución de 1978. Si uno lee los artículos sobre sanidad, educación, seguridad, vivienda, cultura y trabajo, enseguida comprueba que la gran perroflauta hoy en España es la Constitución.

-Dice que los móviles "no sirven para preguntar por los demás sino para poder definirse en un mundo donde nadie les pregunta". Si la tecnología es una manera de autoarfimación, ¿cómo se cura la soledad en el mundo actual?

-Vivimos una realidad muy solitaria, en el mal sentido de la palabra. La mentalidad del usar y tirar, aplicada a las personas, debilita los vínculos. Los mensajes de móvil en las fiestas navideñas recuerdan más una señal de humo de los náufragos, que una conversación entre personas. La tecnología es muy importante, pero la superstición tecnológica es un peligro. Me parece más moderna la sociedad con buenas escuelas de niños y de adultos que la obsesionada por el último modelo de cualquier aparatito.

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