Las variaciones de Rhomer

Para los fundamentalistas de la autoría el que un director reincida en hacer la misma película una y otra vez introduciendo pequeñas variaciones en sus temas recurrentes debe ser el colmo del placer, algo así como un orgasmo múltiple. Básicamente las películas de Hong Sangsoo están hechas de gente hablando en mesas de bar o en la cama, viviendo en pequeños apartamentos, llamando por telefono o follando -cielos, la excepción, pese a toda su tensión sexual en Noche y día no se consuma ni una sola escena de sexo-. Aquí la diferencia está en la localización, un Paris de emigrante ilegal que le permite -además de rendir tributo a su idolatrado Rohmer- introducir reflexiones sobre la desorientación del desterrado que nada aportan a la extensa literatura sobre el tema; y está también -y aquí sí logra hondura- la ruda indefensión del protagonista masculino, sus dudas respecto al deseo y la moral, sus disquisiciones de beodo, su inmadurez y su torpeza frente a unas mujeres complejas que sí dominan la situación.

El análisis de la condición masculina es marca de la casa y aquí se llena de matices gracias en parte al tour de force de Kim Youngho que permanece en pantalla casi todo el metraje. La ausencia de solemnidad, humoradas como la lectura de la Biblia que evita una infidelidad o el pulso con un norcoreano y la capacidad de sorprender con giros inesperados en las situaciones son más tantos a favor.

Esos logros se antojan escasos para subrayarlos y volver sobre ellos a lo largo de dos horas y media en un ejercicio de autocomplacencia en el que el director se gusta a sí mismo y se contagia de cierto papanatismo crítico que tiene erecciones con esos cineastas solipsistas que se proclaman únicos referentes para sí mismos: Esa actitud tan retrógrada de no ver cine para no contaminarse. Sang-soo se ha planteado esta película como un conjunto de variaciones sobre su propio cine aunque la renuncia a las referencias externas no es creíble si el resultado es tan descaradamente francés.

Algunos aullarán de placer pero los agnósticos de la religión Rohmer nos sentiremos fastidiados con tanto molesto zoom y tanta charla de café y miraremos el reloj varias veces con la sensación de que ya hemos visto suficiente.

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