El verdadero señor del subterráneo

Fecha: Viernes, 16 de marzo. Sala: Planta Baja. Aforo: lleno (300 personas)

Había expectación por descubrir el sendero que decidiría tomar Thurston Moore. El líder del grupo que inventó el noise, el que más lejos llevó el experimentalismo ruidista hasta elevarlo contra todo pronóstico a producto de consumo de masas, se presentaba en una sala de pequeño aforo con un disco bajo el brazo eminentemente acústico, de tono casi pastoral, en el que la psicodelia de cámara, algo contemplativa y sosegada sustituía a la habitual furia sónica. Visto lo visto, el espigado guitarrista no se ha movido tanto del sitio como parecía. Más bien ha dado otra vuelta de tuerca a sus conceptos musicales, buscando disonancias concebidas para la guitarra eléctrica, pero usando la acústica. Con su sempiterna camisa ancha y el flequillo sobre los ojos, Moore despejó pronto las dudas al disponer sobre el guitarrero alguna eléctrica que alternaría con la de doce cuerdas. Junto a él, John Moloney a la batería, Samara Lubelski aferrada a un violín que sonó endemoniado por momentos, y el servicial Keith Wood con el resto de guitarras. Entre todos dieron un buen repaso a los temas de su último disco en solitario, Demolished Thoughts, aunque arrancándole unas texturas más angulosas que de vez en cuando, destapada la caja de los truenos, descargaban una tormenta con fuerte aparato eléctrico. Eran justamente esos momentos los más celebrados por la parroquia, y los que acabaron por dominar un concierto áspero y disonante, que dejó claro que a Thurston Moore no se le podrá reprochar que se haya acomodado. A pesar de alguna queja que barruntó sobre su actuación del día anterior en la sala Arena de Madrid, donde por lo que cuentan las crónicas también tuvo tiempo de refunfuñar sobre la previa en Galicia, el neoyorquino de adopción se siente confortable sobre la colchoneta de pinchos que despliega para construir su inconfundible música, siempre arisca, crujiente y llena de furia, a veces hasta colérica. Ahora que a raíz de su divorcio de Kim Gordon, conocido este pasado otoño, se especula con el final de Sonic Youth, justo cuando el grupo había publicado su mejor trabajo en años, Moore debe albergar algunas dudas sobre su futuro personal (de hecho, no ha concedido ni una sola entrevista en lo que va de gira, cansado de que tras muchos circunloquios todo el mundo acabe por preguntarle por algo de lo que no quiere hablar), pero tiene muy claro el recorrido que pretende completar para huir del cliché al que lo puede llevar la repetición de su propia fórmula. En plena efervescencia tuvo una dedicatoria para Jack Kerouac, Kurt Cobain y John Coltrane, por ese orden. Fue una de las pocas pistas que el verdadero señor del underground dio a un público entregado de que se encontraba a gusto sobre el escenario de un sótano. Seguramente era lo que buscaba para olvidar la dolorosa separación de la eterna bajista de Sonic Youth.

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