Mariano Fortuny: El viaje hacia la libertad

  • El Museo del Prado reivindica al que fue el pintor español de mayor proyección internacional entre Goya y Picasso

  • 'Fortuny (1838-1874)' abre sus puertas hasta el próximo 18 de marzo

Mariano Fortuny fue el artista español más célebre en el último tercio del siglo XIX y hasta la aparición de Picasso. Sobresalió en los más variados registros de su actividad, como la pintura de género, el dibujo, la acuarela y el grabado. Y aunque no le gustaba el retrato, lo abordó magistralmente en Mirope Savati, un óleo sobre lienzo con un naturalismo casi fotográfico que procede del Metropolitan de Nueva York y nunca antes se ha expuesto en Europa. Ahora destaca en la exposición monográfica Fortuny (1838-1874), que el Museo del Prado acoge hasta el 18 de marzo y de la que es comisario su conservador jefe de pintura del XIX, Javier Barón.

Se reúnen aquí por primera vez, en una cita probablemente irrepetible, 169 piezas procedentes de las principales pinacotecas internacionales además del Prado: del Louvre, el Hermitage, el British o la National Gallery de Washington ("sólo la National Gallery de Londres carece, entre los grandes museos, de obras del artista de Reus", precisa Barón), junto a muchas cedidas por colecciones privadas. 67 nunca se han mostrado fuera de sus lugares de procedencia y hay además 12 totalmente inéditas hasta la fecha.

El Louvre, el Hermitage, el British o la National Gallery de Washington prestan obras del autor

Del éxito de Fortuny en Norteamérica da pistas la fabulosa colección de la Hispanic Society, que presta cuatro cuadros esenciales, entre ellos el lienzo Pórtico de la iglesia de San Ginés de Madrid, aunque tiene muchas más obras del pintor. "Durante una semana estuvimos en su sede de Nueva York trabajando y estudiando estos préstamos; localizamos incluso una acuarela desconocida que es una de las sorpresas de esta muestra", precisa Barón a este medio. También el Meadows Museum de Dallas aporta otra de las piezas más exquisitas, un paisaje de Portici, la localidad cercana a Nápoles donde el pintor encontró, como antes lo hiciera en Granada, un motivo de inspiración, un aliciente para renovar su pintura y un contexto para la felicidad personal. Todo ello sería abruptamente interrumpido por su prematura muerte en Roma a los 36 años como consecuencia de una úlcera de estómago.

Fortuny "es uno de los pocos pintores que tiene catálogo razonado", pero su obra, indica Barón, "está siempre en proceso porque sólo en dibujos, como base de investigación para esta exposición, hemos recogido imágenes de 3.300 y sabemos que realizó muchos más. Hizo dibujos autónomos pero también muchos otros como preparaciones para óleos y acuarelas. Fíjese que ahora se está completando el catálogo razonado de los dibujos de Goya e incluso el de Rembrandt está sujeto a permanente revisión. Fortuny tuvo una gran producción en el siglo XIX pese a su corta vida y es lógico que sigamos descubriendo inéditos".

Un interesante libro del autor Carlos Reyero, Fortuny o el arte como distinción de clase, que acaba de publicar Cátedra, atiende a su relación con el mercado del arte y a la trama social que hizo posible que este pintor de origen humilde entusiasmara a las clases pudientes de Norteamérica y Europa. Javier Barón reflexiona sobre esas tesis mientras posa ante el lienzo La vicaría, vendido por la cifra récord de 70.000 francos en París en 1870 y que Théophile Gautier llegó a presentar, en una operación de márketing arrolladora, como una revisión moderna y al gusto francés del arte de Goya. Con ella arrancó el éxito internacional de Fortuny y la demanda constante de sus obras de género, inspiradas en motivos árabes o en escenas del siglo anterior, como ocurre con el lienzo vecino, La elección de la modelo, que tardó seis años en completar y presta la National Gallery of Art de Washington. "Pero estos lienzos y algunas acuarelas ocupan sólo una pared en un conjunto de 800 metros cuadrados que miden las dos salas del edificio de los Jerónimos porque aquí hemos querido mostrar sus distintos registros, incluidos los más personales", añade Barón. "Con todo, estas célebres obras tienen un gran interés y conviene mirarlas muy de cerca para apreciar los detalles y el verdadero asunto que abordan. Fortuny recrea en La elección de la modelo, por ejemplo, la Galleria del Palazzo Colonna en Roma, que conocía muy bien gracias a su amistad íntima con la duquesa Colonna, que había sido alumna suya". Más allá de la escena que el lienzo representa, el juicio que un grupo de académicos dieciochescos emiten sobre una modelo que acaba de desprenderse de su ropa, la clave argumental de la pintura es la contemplación, casi como estuviéramos ante un collage, de las antigüedades y los objetos reunidos o admirados por Fortuny. "Aunque la postura de alguna de las figuras o de los temas que abordó hoy pueden parecernos artificiosos, es interesante su pintura de género, la que triunfó comercialmente, por todo lo bello que hay para ver y las calidades táctiles que logra. Aquí, por ejemplo, incluye una rejería del siglo XVI, cornucopias del XVIII, y recrea piezas de la antigüedad helenística como El fauno ebrio y el torso de Belvedere, que son obras maestras de la historia del arte, e incluso una copia a la aguada que él mismo había realizado del célebre Caballero de la mano en el pecho del Greco, artista no tan valorado en ese momento y que él consideraba a la altura de Velázquez, Goya y Ribera, como prueba su serie de reproducciones de obras maestras del Prado que mostramos aquí en otra de las salas".

Fortuny supo conjugar siempre la pintura de encargo que le dio el éxito internacional con su gusto personal por los tipos árabes, los temas de su invención y por una aproximación a la naturaleza desde un carácter muy esencial. Compadecía a los artistas que tenían que pintar retratos, lo que tal vez le recordaba, según Barón, a su precaria juventud trabajando como iluminador para fotógrafos y retratistas.

El éxito comercial de La vicaría, del que vemos además un dibujo preparatorio que atesora el British Museum, concedió a Fortuny la seguridad económica y la confianza necesarias para retirarse dos años a Granada e iniciar allí la que calificó como la etapa más feliz de su vida, entre 1870 y 1872. Muchos de esos lienzos, acuarelas y grabados granadinos se cuentan entre lo más inspirado de su producción y proceden, como La vicaría, del Museu Nacional d' Art de Catalunya (MNAC), institución que junto al Museo Fortuny de Venecia ocupa un lugar especial en los créditos de la muestra por la generosa amplitud de su préstamo. Patrocinada por la Fundación AXA, el benefactor más veterano del Prado, esta monográfica del pintor catalán incluye así algunos de los cuadros que el público español pudo ver antes en la magnífica exposición itinerante de Caixafórum Andalucía en el imaginario de Fortuny, que concluye en la sede de Sevilla el 7 de enero tras desprenderse de una pequeña (de tamaño) pero fascinante obra, Los marroquíes, reubicada ya en las salas temporales del Prado, su hogar de procedencia.

Exposición ambiciosa que Barón comenzó a preparar en 2012 por encargo del anterior director del Prado, Miguel Zugaza, Fortuny analiza su personalidad artística de manera cronológica desde su primera formación en Roma hasta su estancia en Portici, cuando pinta los célebres paisajes y desnudos de niños que, con su libertad de trazo e intenso cromatismo, marcan la cumbre de su carrera. Algunos de estos niños en la playa nunca se habían visto antes. "Descubrí este cuadro por fotografías cuando preparaba la muestra de Martín Rico y también este más pequeñito, de espaldas, que representa al hijo de Fortuny". A su derecha se exhibe un Paisaje napolitano que es la última obra que ha comprado el Prado hace unos meses gracias al dinero de la herencia (800.000 euros y una casa en Toledo) que le legó una misteriosa mujer y Amiga del Museo llamada Carmen Sánchez "para la adquisición y restauración de cuadros".

El relato que nos cuenta Fortuny (1838-1874) invita a seguir los pasos de un viajero cosmopolita, de vida tan breve como intensa, que supo tomar de cada lugar lo que más le inspiraba, comenzando por su formación en la Academia de Roma, etapa de la que surge su primera obra maestra, La odalisca. El sello personal de Fortuny surgió poco después, en el norte de África, que descubrió cuando la Diputación de Barcelona lo envió junto al granadino Pedro Antonio de Alarcón para tomar apuntes de la primera guerra marroquí. En Madrid absorbió como copista las lecciones de los genios del Prado, en París logró la fama internacional y en Granada y en Portici se convirtió en el gran renovador de la pintura española al sublimar la naturalidad de la luz.

"Fortuny es el artista español que mayor proyección internacional tuvo entre Goya y Picasso", reflexiona Javier Barón. "Un artista muy completo que, frente a Madrazo, aporta muchas novedades. Fue, sin duda, el mejor aguafuertista y acuarelista de su generación. Como pintor al óleo ofrece muchos registros por lo que podemos afirmar que es uno de los más completos en esos años. ¿Fue el mejor? Es difícil afirmarlo porque ahí está Rosales, un artista también muy valioso y moderno, que dota de un carácter propio a una pintura más relacionada con la tradición y los cuadros de historia. Fortuny y Rosales tienen ambos sala propia en el Prado porque son los dos hitos del tercer cuarto del siglo XIX que, por desgracia, terminan abruptamente".

La muestra, que incluye numerosas antigüedades coleccionadas por Fortuny, se cierra con la máscara mortuoria del artista y su obra maestra, Los hijos del pintor en el salón japonés. Para el comisario, la última sala ilustra "el final impresionante que tuvo su carrera. Por un lado está el gusto orientalista y por otro su aproximación al natural porque ya no hay temas de género ni árabes, que se quedan en la antesala". Obras ante las que el visitante anticipa con dolor la vía que, de haber vivido hasta los 60 ó 70 años, hubiera tomado la carrera de Fortuny, como él mismo dice en una frase muy elocuente que Barón ha impreso sobre vinilo. "Ahora puedo pintar para mí, a mi gusto, cuanto me place. Eso me da la esperanza de progresar y de mostrarme con mi propia fisonomía", afirmó bajo la luz radiante del agosto napolitano, apenas tres meses antes de morir.

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