Una vida en fotogramas

  • El actor de la compañía granadina Teatro para un Instante ha actuado en infinidad de series de televisión y películas

Nunca ha salvado a la protagonista al filo de un precipicio. Tampoco ha descubierto un complot internacional ni le ha pedido a un atracador que le alegrase el día. La hoja de servicios del actor granadino Pepe Cantero está plagado de pequeños papeles y de grandes historias. Pero envenenó a la duquesa de Alba en Volaverunt, se orinó encima al ver a Ana Álvarez en Cha, cha, cha, ejerció de presidente de la Federación de Cofradías en Nadie conoce a nadie, dirigió la prisión de la que escaparon los inefables Martes y Trece en El robobo de la jojoya y casó a los protagonistas de Yo soy Bea, el gran momento televisivo del año. Esos entre otros muchos papeles en películas como Año mariano, Los managers, Camarón o Un franco 14 pesetas. Más habitual aún ha sido su presencia en la pequeña pantalla, donde ha aparecido en más de setenta series. Aquí, su curriculum es una historia abreviada de la televisión en los últimos veinte años. Desde Brigada central y su personaje de Din-Don al inspector de policía de Turno de oficio o el policía municipal de Manos a la obra. Abundan los papeles de camarero, sacerdote o criado en la vida de este 'jornalero de la interpretación'. Precisamente su papel del Padre Utrilla en La casa de los líos fue uno de los que más popularidad le dieron como compinche en las andanzas de Arturo Fernández. "Era un personaje fijo y alcanzó gran popularidad. Me veían un lunes en Granada y me decían: '¿Pero cómo puede usted estar aquí si ayer por la noche estaba en la tele?'. Arturo Fernández era un monstruo de la improvisación y una persona muy generosa. Los planos siempre tenían que terminar en él, pero al cabo del tiempo me comenzó a dejar acabar las secuencias, lo que sorprendía mucho al equipo de rodaje", recuerda Pepe Cantero de una época en la que se habituó a llevar alzacuellos como quien se enfunda unos vaqueros. Bastante más demacrado apareció en Crónicas urbanas, "el primer papel importante de Blanca Portillo en el que yo hago de un drogadicto en fase terminal y ella se pincha con mi jeringuilla y cree que le he contagiado el Sida", dice Cantero sobre una actriz a la que considera "una bestia de la interpretación".

También estuvo presente en el primer golpe de claqueta de la serie de Pedro Masó Compuesta y sin novio, en el que hacía el papel del padre de Lina Morgan. También compartió planos con Juanjo Menéndez " un poso de sabiduría y anécdotas".

Para hablar de Paco Rabal utiliza el tratamiento de "don". Le sirvió atentamente en Una gloria nacional, de Jaime de Armiñán. "Si había que rodar a las cinco de la mañana, él se levantaba a las tres para que la peluquera le pusiera un aplique en la cabeza porque era totalmente calvo", desvela Cantero sobre el irrepetible actor e irrepetible mujeriego. Con igual cariño recuerda a Fernando Fernán Goméz en Los ladrones van a la oficina, "uno de esos repartos irrepetibles" con actores como Manuel Alexandre, José Luis López Vázquez o Antonio Resines. En un descanso del rodaje se acercó a Fernán Gómez y le pidió, intrépido, una foto. "Por supuesto, joven", le respondió con su vozarrón.

Pero si una foto sobresale en su álbum personal de fotogramas es en la que aparece junto a una jovencísima Penélope Cruz en un descanso del rodaje de Volaverunt, de Bigas Luna. " Hacía el papel del doctor Durán y envenenaba a la Duquesa de Alba", recuerda Cantero. "Fueron unos veinte días de rodaje rodeado por Jordi Mollá, Jorge Perugorría, Aitana Sánchez Gijón... Bigas Luna me llamó en una ocasión para cenar con él porque decía que no podía trabajar con alguien con el que no pudiera cenar". Pero si hay un director 'fetiche' en su carrera este es Juan Antonio Bardem, quien le dió su primer papel en Lorca, muerte de un poeta, donde interpretó al papel del casero de la Huerta de San Vicente. "No me hizo ni siquiera una prueba, se fió de mí, algo de agradecer". Volvió a trabajar con el cineasta en El joven Picasso, de nuevo con un papel de tabernero que, por lo visto, borda. Un secundario como Walter Brennan, sólo que el actor norteamericano se bebía las copas en vez de servirlas.

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