La vida perra de Ángel Vázquez

  • Eduardo Mendicutti recuerda en una conferencia en el Palacio de La Madraza a uno de los grandes olvidados de la literatura española de las últimas décadas.

En su Biografía del fracaso, Luis Antonio de Villena no olvidó recuperar a grandes olvidados como Rafael Cansinos-Assens, el poeta de los mil años. Pero ni siquiera aquí aparece el nombre de Ángel Vázquez (Tánger, 1929-Madrid, 1980). Escritor, alcohólico y homosexual, el autor de La vida perra de Juanita Narboni fue Premio Planeta en 1962 por Se enciende y se apaga la luz. Hasta su muerte sólo publicó dos libros más y nueve cuentos, pero hizo de su vida una novela inédita todavía para muchos. Sobre su vida y su malvivir habló ayer el escritor Eduardo Mendicutti en el ciclo El olvido póstumo: Homenaje a Ángel Vázquez que organiza la Cátedra Emilio García Gómez. "Era un personaje absolutamente singular y muy desdichado que tuvo la fortuna, dicho entre muchas comillas, de que coincidió su decadencia vital con la decadencia de Tánger, que era un mito de las ciudades internacionales de la época y que acabó derrumbándose", explicó Mendicutti en el Palacio de la Madraza sobre un autor que vivió sus mejores años en la ciudad del Norte de África, la verdadera protagonista de La vida perra de Juanita Narboni (1976). Considerada como su obra cumbre dentro de su escasísima producción, la novela tiene una irrepetible mezcla de castellano, francés, inglés gibraltareño y yaquetía (una mezcla de hebreo, árabe y castellano). Según Mendicutti, "ese peculiarísimo lenguaje de aluvión era el que hablaron tantas generaciones de tangerinos, un lenguaje heterodoxo que está pegado a la biografía de Tánger y a la biografía de Ángel Vázquez".

Vitalmente, Vázquez lo tenía todo para ser una catástrofe. Y fue finalmente una hecatombe. Cuando desapareció el Tánger que quería y que controlaba se trasladó a Madrid, ayudado por Emilio Sanz de Soto. Y lo pasó mal pese a hacerse con el Planeta en unas circunstancias muy peculiares "porque lo ganó de rebote". "Sin un duro, pobre y alcoholizado, le acogió un pintor que, además de ser panameño, tenía un pastón. Con él vivió un tiempo, le daba acogida pero en verdad creo que abusaban de él. Le mandaban a comprar garrafas de vino y al llegar a casa le olían el aliento y si había bebido le pegaban", remarca Mendicutti sobre la vida perra de Ángel Vázquez. "Era un mundo de homosexuales muy de la época, muchos tenían dinero y cultura, podían vivir una vida privilegiada a pesar de los estigmas de la época".

Finalmente consiguió escapar de las palizas pero la vida le tenía reservadas unas cuantas bofetadas más. Entró a trabajar en el Ministerio de Información y Turismo de la época... pero en la sección de Censura. Según Mendicutti, "probablemente no le hizo daño a nadie, al menos yo quiero pensar eso, pero seguramente no se sintió muy bien en ese papel hasta que murió de un ataque cardíaco en una pensión de mala muerte y solo". Dicen que, el día antes de fallecer, el considerado como el último escritor maldito de España quemó dos novelas inconclusas para acabar de firmar el libro de su vida. En resumen, "más literario y más terrible imposible". Y pasados los años, un estudioso del fracaso como Luis Antonio de Villena ni siquiera lo menciona. "Es el gran perdedor de la literatura española de las últimas décadas", concluye Mendicutti.

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