La vida siempre está en otra parte

  • Anagrama ha iniciado la edición de las 'Obras escogidas' de Soledad Puértolas, una de las grandes autoras de las letras en español, que recientemente ingresó en la Real Academia de la Lengua

Sin prisa pero sin pausa, que es la velocidad idónea en estos menesteres, sin aceleraciones ni frenazos, Soledad Puértolas está forjando una obra notable en todos los sentidos. En treinta años, ha entregado a la voracidad de las imprentas once novelas, cinco volúmenes de relatos, dos de textos autobiográficos, otros dos para jóvenes y un ensayo. Puértolas no ha necesitado ir de starlette -como alguno que yo me sé- para acaparar la atención de la crítica o meterse al público en el bolsillo. Unos y otros han seguido sus pasos con encomiable atención y han aplaudido, y aplaudimos, su reciente ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, último jalón de una carrera impecable. Por todo ello, el lanzamiento de estas Obras escogidas no puede sino llenarnos de júbilo, pues rinde un merecido homenaje a una labor honesta y pone a nuestro alcance algún título descatalogado. En el primer volumen, todo un acierto, se incluye su primera novela, El bandido doblemente armado, y su primer libro de cuentos, Una enfermedad moral, ambos de prosa esmerada e incisiva.

El bandido doblemente armado (Premio Sésamo en 1979) plantea un itinerario familiar, el que lleva del deslumbramiento a la desencanto, según los fulgores juveniles van siendo apagados por los jarros de agua fría de la experiencia. El narrador, un anónimo aspirante a escritor, evoca cuanto le unió y une a la familia Lennox; una familia -no se dice, se intuye- muy distinta a la suya, a través de la cual él quiso incorporarse al gran mundo, la vida. Este narrador se hizo amigo de Terry Lennox en su adolescencia y, desde entonces, los Lennox han entrado y salido de su existencia, continuamente. Se enamoró de Eileen Lennox, aún a sabiendas de que dicho amor estaba destinado a consumarse en sí mismo, y de adulto se asoció al marido de ésta, por quien llegó a sentir una estima sincera, antes de que acabara sus días de forma trágica. Alguna vez, sacó a Terry las castañas del fuego y también a Linda, la hermana pequeña, pero en última instancia ha sido más testigo que actor, aunque fuerce los hechos para colocarse, egoístamente, en un primer plano.

Algunas soluciones narrativas de El bandido doblemente armado, que provocaron no poca perplejidad en su día, hoy se presentan como auténticos actos de audacia, como el bautizar a sus protagonistas como los personajes de El largo adiós de Raymond Chandler; esta decisión, además de conferirle una fuerte carga novelesca, activa un poderoso dispositivo de extrañamiento y envuelve el relato en los vapores de la abstracción. La estructura en planos, muy cinematográfica, es también un acierto, pues supone una manera de mirar que esculpe el momento presente, y luego el siguiente, y luego el posterior, como si cada instante fuera decisivo o, cuando menos, no intercambiable. Esta construcción no resta emoción al conjunto, en absoluto. Es como si, en los primeros compases de su despertar al mundo, el narrador ensayara poses aprehendidas en lecturas o en sesiones de cine, actitudes e ideas que quizás le vengan grandes al principio, y que al crecer descubre enquistadas en su alma u ocupando el espacio donde debiera estar el alma.

Al construir sus historias, Soledad Puértolas tiene muy presentes los estados de ánimo, como prueban asimismo los cuentos de Una enfermedad moral. En estos relatos se ve también más a las claras la deuda contraída con autores como Antón Chéjov, citado a menudo como uno de los referentes fundamentales de Puértolas. En el prólogo a su segunda edición, que data de 1982, la autora señalaba: "Muchos de estos relatos están escritos desde esa línea fronteriza en la que es difícil distinguir lo que pasa de lo que no pasa". Hay una situación recurrente en estas piezas, que se daba también en El bandido doblemente armado: el atisbo de una historia, una aventura quizás, que al final pasa de largo, como si la vida estuviera siempre en otra parte. Un ejemplo notable es el relato Koothar, en el cual, el comisario de un innominado país asiste, como simple espectador una vez más, al desvelamiento y ejecución de un espía, un tipo con quien había entablado amistad en los últimos meses. El comisario regresa a casa con no pocas sospechas y una apabullante sensación de impotencia; nada ha hecho, nada podía hacer, nada le había sido dado hacer.

Soledad Puértolas. Anagrama, Barcelona, 2011.

J. R. Ackerley. Anagrama, Barcelona, 2011.

J. R. Ackerley. Anagrama, Barcelona, 2011.

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