Ficcionario

de vida

  • Nada más ajeno al género de la ficción que el accidente l De ahí que no nos quede más remedio que sospechar de Dostoyevski cuando hace príncipe al protagonista de 'El idiota' (1868)

La ficción recurre tan a menudo al Azar que ha acabado estableciendo un complejísimo corpus de leyes, precisamente, a partir de esa falta de leyes suya. No obstante, nada hay menos fortuito que la propia ficción; si escrita con inteligencia y cálculo, nada más ajeno a la ficción que el accidente. De ahí que no nos quede más remedio que sospechar de Fiodor Mijailovich Dostoyevski cuando hace príncipe al protagonista de El idiota (1868). ¿Por qué príncipe?, nos preguntamos, ¿y por qué idiota? Tres siglos atrás, cuando la ancha promesa del Renacimiento empezaba a mostrar signos de desfallecimiento, en un opúsculo dedicado a la enseñanza de príncipes, Nicolás Maquiavelo marcó la distancia existente entre el "Deber ser" de la moral y el "Ser" del mundo; la idea es una, la realidad otra, e intentar conciliar ambos extremos es a veces imposible. No creo que nadie discuta tal sentencia y, sin embargo, decirla en voz alta le granjeó el desprecio cuasi general y lo convirtieron en inspirador de un adjetivo que poco tiene que ver con su pensamiento y obra: maquiavélico.

El príncipe de Dostoyevski, Liov Nikoláyevich Mischkin, que ha pasado cuatro años en Suiza convaleciente por una extraña forma de epilepsia, vuelve a San Petersburgo para rehacer su existencia, sin otros recursos que una mirada impoluta, una sonrisa bondadosa y un corazón de niño que predispone a todos a su favor. El príncipe Mischkin es un alma pura e ilumina siempre lo mejor de los demás; aunque no pide nada, despierta en sus semejantes una imperiosa necesidad de regalarle. El hombre debiera ser esto, hijo de un Dios magno y magnánimo. Pero el "Deber ser" es una cosa, el "Ser" otra, se ha dicho, y sus desajustes son fuente inagotable de problemas. Mischkin jamás miente, no sabe hacerlo, y no tardará en verse que, si es como es, nace de haber vivido fuera del mundo… de no haber vivido lo suficiente. Además del corazón, este príncipe idiota tiene de niño la mirada, una mirada no escarmentada, no curtida por las traiciones de la tribu y los sinsabores de la sociedad. Todo príncipe debe resignarse a mentir, advertía Maquiavelo, y Dostoyevski arrastra al suyo por un viacrucis singular mostrándole, en contraste con la corrupción reinante, el candor de sus acciones y su potencial peligrosidad. Un corazón ingenuo puede arruinar una vida.

Lo contrario también es válido. Mischkin se encuentra con gentes doblegados al "Ser", que lo ignoran todo del "Deber ser", y si él está obligado a aprender esa tristeza necesaria, los demás también mejorarían con su ejemplo. En otra de las obras maestras de Dostoyevski, Los hermanos Karamazov (1880), un personaje hacía una reflexión sobrecogedora: "Si Dios no existe, todo está permitido"; o sea, si Dios no existe, todo hombre debe ser príncipe y vasallo de sí. Una ética mínima es fundamental. En El idiota, el conflicto nace del desencuentro entre cómo debería ser todo y cómo es en realidad. En fin, la vida con todas sus consecuencias; ese esfuerzo apasionado, vano quizás, puntualmente renovado. Al principio nos preguntamos asimismo ¿por qué idiota? Quizás tengamos que buscar en William Shakespeare la moraleja última del libro. ¿Recuerdan el veredicto de Macbeth? La vida no es más que una sombra que pasa, el cuento de un idiota, ¡ah, los idiotas!, un cuento lleno de ruido y furia, que nada significa, y sin embargo…

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