Música clásica

El violín mágico

  • La joven violinista francesa Hélène Schmitt graba para Alpha un disco excepcional dedicado a Johann Heinrich Schmelzer

La historia del violín es la historia de un triunfo incontestable, la de un ascenso tan rápido como consistente, que hizo que el instrumento que había nacido modestamente en el siglo XVI como una desviación de la viola bastarda, mediado el siglo siguiente fuera ya el preferido de los compositores italianos y centroeuropeos a la hora de dedicarle colecciones de sonatas y un siglo más allá se convirtiera en la base de la orquesta clásica que pronto devendría en sinfónica. Inglaterra y Francia fueron menos permeables al embrujo de las cuatro cuerdas, aunque también acabarían sucumbiendo a sus encantos, desplazando a lo largo del siglo XVIII a instrumentos como la viola o el laúd, que habían dominado la centuria anterior.

Buena parte de la causa del éxito del violín la tuvo una generación de constructores italianos que a principios del XVII intuyeron sus posibilidades y refinaron su sonido. Compositores como Cima, Merula, Farina o Castello apostaron decididamente por el violín, que llega a tierras del imperio de la mano del veronés Antonio Bertali, quien en 1649 fuera nombrado maestro de capilla de Fernando III en Viena, ciudad en la que se formaba el joven Johann Heinrich Schmelzer, quien habría de convertirse en el principal heredero de la tradición violinística italiana en Alemania, y en el difusor más decisivo de un arte que derivaría en Biber, Westhoff, Walter y Bach.

Schmelzer había nacido hacia 1620 en una pequeña localidad de la Baja Austria. Llegó a Viena mediados los años 30. Seguramente tuvo enseguida contactos con Bertali pues en 1649 cuando el italiano accede al puesto de Kapellmeister él entra a formar parte de la orquesta imperial. En 1671 fue nombrado vicemaestro de capilla y en 1679 sucedió como Kapellmeister a Sances (que había alcanzado el puesto tras la muerte de Bertali diez años antes), convirtiéndose en el primer austriaco que ocupaba el cargo, aunque no por mucho tiempo. Fue ennoblecido por el Emperador Leopoldo I por su extraordinaria reputación y su talento. Acompañando a la familia imperial marchó a Praga huyendo de la peste, pero la epidemia lo alcanzó, provocándole la muerte en febrero o marzo de 1680.

Aunque escribió también canciones, música sacra y dramática, lo más relevante del legado de Schmelzer son las colecciones instrumentales publicadas en 1659, 1662 y 1664 a las que habría que sumar las sonatas y piezas sueltas que han quedado por manuscritos diversos. Schmelzer fue impulsor en el ámbito del violín del stylus phantasticus, característico de los organistas del norte de Alemania, un estilo hecho de fantasía, virtuosismo y capacidad de improvisación. Los testimonios apuntan a que Schmelzer desarrolló una nueva técnica de interpretación, marcada por una velocidad desconocida en las posiciones más elevadas, un tratamiento casi experimental de la scordatura (variación en la afinación de las cuerdas del instrumento) y un extremo virtuosismo en el manejo del arco.

La música instrumental de Schmelzer estaba bien representada en disco, pero este registro de la joven violinista francesa Hélène Schmitt para Alpha es absolutamente excepcional. Nunca habían sonado estas sonatas (la selección es variada y muy atractiva) con esta perfecta combinación de lirismo, flexibilidad, virtuosismo, dulzura, pasión, vigor y afecto. Pura magia hecha sonido y la mejor opción para iniciarse en un repertorio por completo fascinante.

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