Los vivos que pasan

  • Se edita en DVD 'El último de los injustos', nuevo e imprescindible documental de Claude Lanzmann ('Shoah') en el que recupera la entrevista con Benjamin Murmelstein realizada en 1975

Gérard Wajcman nos ha recordado que Shoah es el retrato exacto del objeto de este siglo, "un filme que se obstina en mostrar que la ausencia es un objeto". Esa ausencia no es otra que la de las imágenes del exterminio judío a manos de los nazis, imágenes inexistentes que son evocadas en su monumental proyecto por los supervivientes y los testigos, por los verdugos y los cómplices, en un ejercicio de montaje que nos confronta al horror a partir de la palabra (desgarrada, temblorosa, directa, seca, precisa), en ausencia de documentos gráficos, sobre el vacío en presente de los espacios y lugares que vieron y auspiciaron la masacre, la planificada y metódica dinámica de la "solución final".

Shoah trabajaba esencialmente sobre esta ausencia, sobre lo irrepresentable, para levantar su estructura de gran sinfonía de la memoria de los muertos "a partir de la nada, a partir de la ausencia de huellas" para "mirar más allá de la imagen, mirar más allá de lo soportable".

Durante el largo proceso de elaboración de Shoah, estrenada finalmente en 1985, Lanzmann entrevistó en 1975 a Benjamin Murmelstein, quien fuera presidente del Consejo Judío de la ciudad checa de Theresienstadt (Terezín), aquel funesto regalo de los nazis a los judíos que pretendió ser un gueto modelo de cara a la opinión pública internacional. Murmelstein fue el único presidente de aquel Consejo que consiguió sobrevivir tras el asesinato de sus predecesores en el cargo, hecho que, junto a las sospechas de colaboracionismo, le supuso una condena de cárcel y su señalamiento como cómplice del exterminio por parte de las autoridades judías tras la guerra.

Consciente de que el tono testimonial y el perfil de Murmelstein no encajaban en la estructura y los propósitos de Shoah, Lanzmann abandonó ese material precioso (un día entero de entrevistas filmadas en su exilio de Roma) y lo depositó en el Memorial del Holocausto de Washington, donde ha permanecido hasta hoy, momento en el que El último de los injustos lo recupera como epicentro lúcido e intacto de una nueva visita, tal vez la última, a las simas del horror, a uno de los episodios tal vez menos conocidos de aquella escalada de deshumanización y muerte.

Pero El último de los injustos no es exclusivamente un excepcional material de archivo recuperado. Podría decirse que es sobre todo un ejercicio de mediación del propio Lanzmann con todo su trabajo previo y con la Historia de los suyos, como si, en las postrimerías de su vida, al escritor y cineasta le quedara aún una última sacudida de coraje y rabia para anudar su biografía y su proyecto en una misma pieza casi testamentaria.

Lanzmann interpela al espectador desde la estación de tren de Bohusovice a la que llegaron más de 140.000 judíos deportados, lee con su voz seca, clara y dura los folios que tiene en la mano, siempre preciso y minucioso con los datos, las fechas y los nombres, implacable con la exactitud de los emplazamientos y los trayectos. Con él paseamos por los alrededores de la muralla de la fortaleza de Terezín, mausoleo cubierto por la hierba del tiempo, por los barracones que albergaron las literas de la muerte, por los rincones que vieron los ahorcamientos y los tiros en la nuca, recorremos desde un coche las calles del gueto filmadas en presente, los callejones del barrio judío de Viena, donde Murmelstein conoció e instruyó a Eichman, un "auténtico demonio".

Junto a este material contemporáneo en el que la palabra densifica de aplastante elocuencia moral los escenarios, El último de los injustos vulnera por primera vez la máxima de Lanzmann de no usar imágenes de archivo, recuperando fotografías, dibujos de los prisioneros o supervivientes y fragmentos de un documental de propaganda nazi en las que vemos cómo Terezín quiso ser presentado al mundo como un gueto "embellecido" en el que los judíos pasaban el día leyendo en los parques, jugando al fútbol o interpretando obras de teatro.

Confrontadas al discurso torrencial, culto, erudito y preciso de Murmelstein, un discurso no tanto de defensa denodada de sí mismo ante el juicio de la Historia como de confesión compleja y descarnada sobre unos hechos aún fuertemente inscritos en el recuerdo, esas imágenes inciden en el propósito de Lanzmann de concentrar todos sus esfuerzos en el poder de restitución de la memoria a partir de la palabra y la ausencia, ahora con él mismo como interlocutor explícito y necesario.

El último de los injustos es también un ajuste de cuentas con las teorías arendtianas sobre la banalidad del mal, un señalamiento de culpables y asesinos con nombres y apellidos, un minucioso recuento de hechos y circunstancias que espantan los fantasmas de la psicología social.

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