A vueltas con el galán libertario

  • La editorial Capitán Swing reedita 'El tiempo amarillo', las memorias de Fernando Fernán Gómez, un testimonio clave de su época y obra cumbre del género

Fue precisamente en la presentación de El tiempo amarillo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el 21 de octubre de 1998, cuando Fernando Fernán Gómez (Lima, 1921 - Madrid, 2007) mandó dos veces "a la mierda" a un caballero empeñado hasta el extremo en llevarse un ejemplar dedicado cuando el autor había dejado bien claro que no pensaba estampar ni una sola firma. No mucho después, mientras paseaba junto a unos amigos, Fernán Gómez fue señalado por unos niños que jugaban en la calle y proclamaban a voz en grito su admiración: "Mira, el de a la mierda!" Y el académico respondió con risas. Por obra y gracia del estúpidamente simplificador medio televisivo, aquel episodio no sólo convirtió el mal genio del actor en un tópico injusto, como si su popularidad no revistiese mayores méritos; para colmo, ensombreció de manera dolorosa la misma existencia de El tiempo amarillo, una cima del género memorialístico para una tradición literaria, la española, poco dada a las biografías, propias y ajenas. Además, la obra en cuestión, ampliada por el propio autor después de la primera edición de 1997, es una revisión honda, honesta, ilustrativa, crítica y ejemplar de la historia del cine y el teatro hechos aquí durante la mayor parte del siglo XX. El "a la mierda" de las narices templó ya un tanto sus alcances (aunque la referencia es la primera que aparece en Youtube cuando se inserta el nombre del cineasta), así que tal vez ahora podamos volver a tan fundamental lectura con menos ruido de fondo. El tanto, en esta ocasión, se lo ha marcado la editorial Capitán Swing, que acaba de poner en circulación su reedición de El tiempo amarillo, en su versión íntegra y con prólogo del periodista y escritor Luis Alegre, un viejo conocido del Festival de Cine Español de Málaga.

El certamen, por cierto, rindió un homenaje a Fernán Gómez en su primera edición, en el mismo 1998. Y en el Teatro Cervantes, durante el tributo, Eduardo Haro Tecglen se refirió al actor en estos términos, tal y como recuerda Alegre en su prólogo: "Supongamos que un día sucede una catástrofe, el mundo se viene abajo y todos perdemos todo lo que tenemos. Supongamos que en el nuevo mundo que se inicia nadie conoce a nadie y todo vuelve a empezar. Supongamos que en ese nuevo mundo a Fernando le encargan ser uno de los barrenderos de su calle. Pues bien, estoy seguro de que el trozo que le encargaran barrer a Fernando será el mejor barrido de toda la calle". Y es este compromiso ético con el oficio, como un axioma indiscutible, el que marca a fuego toda la existencia de Fernando Fernán Gómez, en cuya figura se encarna, posiblemente, la mejor síntesis de todo cuanto ha dado de sí la cultura española desde el Siglo de Oro. En El tiempo amarillo, el hombre lo cuenta todo. Todo. Los nombres, los procesos, los pros, los contras, los lugares y los tiempos. Adopta en su tono el escritor la distancia requerida, no sólo en la medida que exige la redacción de unas memorias, sino en virtud, más aún, del escepticismo vital heredado de sus convicciones libertarias. Pero esta distancia no hace su obra menos humana: muy al contrario, si algo hace grande El tiempo amarillo (cuyo título se corresponde con los versos de Miguel Hernández: "Un día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía") es la manera en que la expresión confesional termina por engendrar un corazón. Quienes le conocieron bien siempre defendieron su calidad y su calor, amistoso y entrañable, frente a la bobería nacional empeñada en presentarlo como un cascarrabias. Basta la lectura de este libro para darse por enterado.

Nació Fernando Fernán Gómez, "como todo el mundo", en Lima. Es bien sabido que su alumbramiento en la capital peruana fue accidental, en el marco de una gira de la compañía de María Guerrero, y que su partida de nacimiento indicaba, erróneamente, que se había producido en Buenos Aires. Esta circunstancia resultó determinante en la biografía del artista, que siempre anduvo con idas y venidas para mantener su nacionalidad española y con serias dudas sobre el asunto hasta que un día, casi de manera casual, apareció su partida de nacimiento (si bien la misma tampoco resultó de gran ayuda, ya que insistía en la tesis bonaerense). Sus padres eran dos actores de la compañía, Carola Fernán Gómez y Luis Fernando Díaz de Mendoza y Guerrero, hijo de la misma María Guerrero, que impidió el matrimonio y dejó al recién nacido en las solas manos de su madre. Fernando Fernán Gómez se crió así bajo la influencia de su madre y su abuela, lo que terminaría traduciéndose en un doble caudal para su trayectoria. El artista heredó de su madre el gusto por la farándula, una inclinación que tuvo en el cine (resulta impagable la descripción que borda en El tiempo amarillo de las salas a las que acudía en Madrid en tiempos de la Segunda República) su forja definitiva; pero su abuela era una lectora voraz, que se había sobrepuesto al analfabetismo de su madre (la bisabuela de Fernando) a base de libros. La abuela dirigió a su nieto su particular cruzada por la ilustración (conmovedora es también la reacción con la que la mujer despachó la lectura de Así habló Zaratustra de Nietzsche: "¡Esto no ilustra nada!") y la campaña surtió sus efectos: cuenta el autor en sus memorias que, cuando apenas daba sus primeros pasos, si alguien le ofrecía un regalo no quería más que "libos", para divertirse, aunque fuese repasando las ilustraciones. Y, en gran medida, esta tendencia bipolar, entre el escenario y la literatura, conformó una tensión nunca resuelta que definió con fuerza la existencia de Fernando Fernán Gómez, quien también decía en su infancia que, de mayor, quería ser "galán joven". Su mayor dedicación a la literatura en sus últimos años, en detrimento del cine y el teatro, significó para Fernando Fernán Gómez una alegría decisiva, coronada con el ingreso en 2000 en la Real Academia Española. Y también da cuenta el autor en sus memorias del modo en que el teatro llegó a cansarle: "Se ha suspendido" eran, a menudo, sus tres palabras favoritas. Pero en los ensayos y en los rodajes se sintió siempre querido. Y los afectos determinaron, en gran medida, sus más importantes decisiones.

Su vida se desgrana al completo en estas páginas: sus primeras clases de interpretación en la Escuela de Actores de la CNT durante la Guerra Civil, su relación con Enrique Jardiel Poncela desde que el escritor le ofreciera un papel menor en Los ladrones somos gente honrada en 1940 (Fernán Gómez terminó siendo un apoyo determinante para el autor de La tournée de Dios en sus últimos y difíciles años, y siempre sostuvo su admiración por el mismo al haber sido objeto de las iras tanto de los franquistas como de los comunistas; Fernán Gómez creció entre la convicción monárquica de su madre y la querencia republicana de su abuela, lo que explica, en parte, su afiliación anarquista); los primeros éxitos gracias a títulos como La mies es mucha (rodada en Málaga en 1948) del falangista José Luis Sáenz de Heredia, con quien trabajó en varias ocasiones, así como Botón de ancla (1948), Balarrasa (1951) y Esa pareja feliz (Luis García Berlanga, 1953); sus desencuentros con Víctor Erice y Elías Querejeta a cuenta de El espíritu de la colmena ("Se nota en toda la película que no entiendo nada"); los premios en Berlín, las tertulias, algún viaje a la URSS, la vida sostenida en la palabra, en el recuerdo.

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