Un vermú con Gatsby

Fran Ibáñez

Manelito, el gallo

Su falta de humildad no hacía ganarse las simpatías de los seguidores del festival

Los gallos salen, y se manifiestan. A los que hemos subido alguna vez a las tablas en directo, a entonar o interpretar, sabemos los riesgos que hay que asumir y que aun teniendo prudencia pueden pasar. Los nervios, la propia temperatura que asciende por los fuertes focos, el estrés acumulado, son factores que hacen jugar en desventaja. Todo ello colabora para que en uno de tantos esfuerzos aparezca un gallo. Manel estaba expuesto a un acoso desde su nombramiento como representante brutal. Quizás no fue de lo más transparente el pucherazo, además de que los encargados de ponerlo como cabeza de turco no se dieron mucho esmero en defenderlo. En su falta de experiencia ha sido tremendamente vapuleado sin que ese arrabal social tomara conciencia y empatía de que era un joven, no el mejor candidato, al que Eurovisión le quedaba grande y se le había exigido demasiado. Sus piques y su falta de humildad tampoco hacían ganarse las simpatías de los seguidores del festival.

Lo que decía Lola, lleven el flamenco. A Remedios Amaya le pusieron la buena cifra de cero, cosa que es muy difícil tener. Por eso los retos gustan. Lo de las Azúcar Moreno ya fue otro tema. Por eso lleven a ese escenario de Europa cosas propias de España y vuélvanlos locos. No queramos plagiar las fórmulas de los demás, porque así sólo seremos una copia barata y reiterada. Tenemos temperamento. Tenemos genialidad.

Si algo podemos subrayar, es el escaparate que supone Eurovisión de la rica multiculturalidad europea. Un crisol de idiomas, de formas, de tonalidades, de motivos que aportan algo diferente a la música de cada país. Es una alegoría a la diversidad. Es el interés por entendernos lo que hace una puesta en valor de nuestras diferencias.

Manel, que podría haber pasado desapercibido por haber llevado como español algo que no lo era, pasará a formar parte de esa cantera de espectáculos que dimos más allá de los Pirineos no tan espectaculares. Chiquilicuatre está en esa lista. Las Azúcar Moreno y su forma de afrontar un descuadre con el playback también. El intruso que se coló en la dulzura de Daniel Diges. Quedó el último, el primero por la cola para los optimistas. Ya teníamos experiencia en ese puesto. En cambio, en la memoria colectiva siempre se sellará el recuerdo de Mocedades, Massiel, Rafael, Salomé, Karina, Sergio Dalma, Rosa, hasta Conchita Bautista cuando inauguró nuestra presencia en el festival. Desde Pastora Soler la calidad en las interpretaciones que España defendía iba in crescendo. La puntuación nos daba igual. No hay espíritu competitivo en nosotros. Quizás por la costumbre de que desde hace décadas no quedamos en buen lugar. Pero no nos importa. Lo importante es formar parte de esa experiencia musical que es el festival de Eurovisión por muchos gallos que aparezcan.

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