manuel gregorio gonzález

Teoría del español

Fue capaz de reproducir el imaginario de un país con una llamativa limpieza de líneas

En Forges no podíamos esperar el colorido brusco, agitado, misterioso, de Chumi Chúmez; y tampoco la solidez, tan próxima al cubismo, de Mingote. Por contra, en Forges nos magnetizaba, con magnetismo naif, un brevísimo silueteado del que surgía, sin embargo, una categoría, un trozo de humanidad al completo: ese trozo de humanidad ha sido el español de las últimas décadas, desde la aldeana áspera al funcionario desconcertado, y desde la trinchera política al sopor estival de unos desnudos colosales donde naufragaba la imaginanción, donde vivaqueaba el deseo del español trémulo y veraneante.

El extraordinario hallazgo, la soberbia economía de Antonio Fraguas, Forges, fue ésta de reproducir el imaginario de un país con una llamativa limpieza de líneas. Oviamente, en El Roto hay una virtuosa frecuentación de la pintura, desde el expresionismo al aguafuerte; del mismo modo que en Peridis existe un dibujo intelectualizado, que apenas sí es dibujo y se transforma en greca, en efigie, en voluta de humo. La linealidad de Forges es de otro orden. De un orden que cabría llamar sentimental, y que acaso no se halla lejos del humorismo gráfico de Gila. Digamos que en Forges, y en contra de lo que afirmaba Gide, con buenos sentímientos sí se hace buena pintura/literatura. De un modo glorioso, infantil y desembarazado, en Forges nos encontramos con la bondad ingénita del hombre, modulada -eso sí- tanto por el estupor como por la melancolía. Pero no, pero nunca, por la desesperanza.

Los blasillos de Forges responden, pues, a esa doble vocación del hombre que se escora hacia la intelección o el sueño. Si por un lado hacen un análisis político de la sociedad, por el otro ofrecen una síntesis poética de sus necesidades. Creo que es esta última peculiaridad la que hizo de Forges un humorista tan celebrado. En Forges está no sólo la pesadumbre del español bajito; está no sólo la aflicción y la ira del contribuyente. Está también el esplendor y la fiebre de los cuerpos. En ese pliegue creció una idea tragicómica de lo español, donde al dolor, donde al ridículo, el dibujante quiso añadirle, ay, la ternura.

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