Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Aguafuerte

EL desfile diario de presuntos corruptos de la Operación Malaya por las puertas de la Audiencia de Málaga me recuerda, no sé por qué, una vieja y clásica película de Tod Browning La parada de los monstruos, que relata las historias cruzadas de los habitantes de un circo de tullidos y contrahechos. Salvo que en este caso la deformidad de los monstruos es de orden moral y no físico. La singular pasarela por la que desfilan a diario los imputados muestra a unos tipos impolutos, ligeramente sonrientes pero jamás atribulados, pudorosamente satisfechos de sí mismos, guapos, según sus discutibles cánones de belleza, y con un bronceado caro adquirido en la Costa del Sol.

El observador que trata de romper la coraza y buscar en la piel un rasgo de depravación o envilecimiento chocará abruptamente con la solidez de la apariencia. Y sin embargo, la conciencia de cada uno de esos tipos, está llena de conversaciones oscuras registradas por la policía, complicidades inconfesables y de indicios de malversación anotados en las miles y miles de páginas del sumario. Hay también mucho de circo, de desfile triunfal, en el paseíllo matinal de los acusados camino de un banquillo que en realidad parece un aguafuerte romántico de uno de los círculos de infierno.

Es difícil tratar de adivinar en qué quedará el escándalo de la Malaya a pesar de los abrumadores indicios de delito que pesan sobre los protagonistas. Desde un punto de vista empírico, hemos de ser pesimistas. Basta, por ejemplo, con cuantificar las sentencias de la Audiencia de Granada en los casos de irregularidades urbanísticas para comprobar cómo los clavos ardiendo, es decir, las razones de solvencia cogidas a trasmano, acaban por determinar la absolución de los acusados. O la gran mayoría de los acusadores, incluido el ministerio público, son uno juristas torpes incapaces de plantear una acusación sin fisuras o sin incurrir en alguno de esos abrumadores errores de forma que terminan por disculpar cualquier aberración, o los tribunales tienen un especial recato a la hora de calificar las conductas de las autoridades.

¿Qué pasará con Marbella? No se sabe. Por el momento lo más aconsejable es limitarse a comprobar si la Operación Malaya ha servido para algo, si el modelo absoluto de corrupción ha servido para revisar la higiene de los ayuntamientos. Y el resultado es ambiguo. Marbella fue útil para iluminar otras marbellas de tono menor, ayuntamientos viciados por el urbanismo tramposo. Pero transcurrido aquel periodo inicial de escándalo tengo la impresión de que ahora renace una envidia por los viejos métodos.

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