La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Año de cosecha

A todos nos vino bien la cura de humildad de la crisis tras los años de yupi en que todos nos creímos inversores

He leído comentarios de amigos con la descripción del año que comienza. Año de cosecha le llaman. Me la quedo. Me encantan las metáforas de la naturaleza para entender lo humano de modo natural.

Si ahora fuera la cosecha de los frutos de nuestro afán, pienso cuándo fue la siembra. Y me tengo que ir hasta 2008, aquel 'agnus horribilis' en que todo empezó a caerse. Los amigos eran despedidos sin piedad, la cola del paro se volvió punto de encuentro y descubrimos el ocio y que se podía gastar la mitad y redescubrir a la familia, esa entidad tan maltratada por los sucesivos gobiernos que, junto a Cáritas, amortiguó el trallazo humano de la crisis.

Ahora que las matriculaciones de coches repuntan; que se retoman las construcciones inconclusas; ahora que volvemos a viajar e ir de compras, cuesta mirar hacia atrás, pero creo que a todos nos vino bien la cura de humildad que supuso esa bajada a los infiernos después de los años de yupi en que todos nos creímos inversores como si entendiéramos de esas cosas.

Sé que muchas personas aprovecharon aquellos años de paro como una oportunidad. Del dolor de perder la profesión a una edad en que ya nadie te contrata (a partir de los 45 ya eres una pieza obsoleta en un mercado laboral que sólo busca carne fresca fácil de explotar) muchos pasamos a ver una oportunidad de realizar aquello que realmente soñábamos, algo más personal y menos enajenado que el trabajo por cuenta ajena. Cuando nada tienes que perder pues te lanzas a intentar lo imposible. Y luego va y sale. Bueno, no sale solo: tienes que darle tus horas de sueño, además de olvidarte de horarios y vacaciones.

Pero oye, merece la pena. Tengo amigos que montaron cosas chulas y ahora cosechan resultados. Se les encaneció el pelo, la pareja se les fue con la crisis y vino otra con la que construir en sólido y les ves ahora contentos y, además, sin la soberbia altanera de los que lo logran sin pasar por las lágrimas.

Esos esforzados renacidos son los que ahora se preparan para su cosecha. Cavaron profundo dentro de sí mismos, plantaron bien la semilla de sus sueños, regaron y abonaron con fe y paciencia mirando de reojo al cielo y ahora ven florecer su campo y madurar sus frutos. Bien por ellos. Se lo merecen. Que lo disfruten. Que nos aproveche a todos tanto fruto.

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