A bote pronto

Juan Alfredo Bellón

Besos

AUNQUE diga una encuesta que uno de cada cuatro españoles ha visto fracasar su relación amorosa porque su pareja no besaba bien, jamás se besó aquí tanto como ahora. Tampoco hubo antes tal variedad ni libertad para la práctica social del ósculo en público y en privado. Por eso, ya no nos extraña que los franceses sean tan besucones y los rusos tan marranísimos, que hay que ver los besazos de protocolo que el camarada Brezniev le arreaba en la boca, al pie del avión, a cualquier visitante ilustre de la URSS.

Es como si ahora, nos agarrara Ignacio Astarloa en un retrete del Congreso de los Diputados y nos diera un beso de tuerca en el mismísimo boquino, murmurando mientras desde sus adentros "¡Santiago y cierra España! ¡Muerte a Zapatero!". Y eso, sin contar con la halitosis.

Dice la Academia que beso viene del celta a través del latín basium, 'acción y efecto de besar'. Y según Covarrubias, "el beso se da con la boca y, para ello, la fruncimos o achicamos, lo cual se hace pronunciando la letra u o la b" y el ademán simbólico de besar es memoria del gesto de las aves al introducir el alimento con el pico en el de sus crías, siendo en origen un acto instintivo de gran intimidad para asegurar la supervivencia de la especie y luego su reproducción, iniciando el cortejo y el protocolo amoroso. Después, besar tomó el significado social de 'otorgar la paz' para acabar vaciándose de su contenido originario y significar también 'otorgarse con fingimiento' en cuyo caso se tiene por falsía y suma traición.

Admítaseme el resumen de la historia del beso por ser práctica hoy de la mayor actualidad mediática a juzgar por las carantoñas que se hacen en público Gallardón y Esperanza Aguirre cuando se besuquean para acallar rumores, que más parecen besos de Judas que señales de compañerismo.

Tampoco me fiaría yo, si fuera Rajoy, con tanto besamanos y demás mohines y ofertas de besar por donde piso, como en El Relicario, pues la adulación rendida esconde más peligro que El Beso de la Mujer Araña, novela divina de la muerte del argentino Manuel Puig, autor también de aquel exitazo narrativo de los setenta titulado intencionadamente Boquitas Pintadas.

Y qué decir del cariño familiar mostrado por Gabriel Díaz Berbel hacia su pariente y presidente provincial del PP, a quien critica que parezca aquí el Partido de Pérez por la prepotencia que Sebastián ostenta sobre el aparato.

En fin, besos negros, oscuros, malévolos y cainitas, tan frecuentes en la derecha cutrecañí. Como los Martínez (qué miedo) hermanos de fe. Uno, canónigo acusador y otro, arzobispo ¿absuelto?

Quédese.

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