Hoja de ruta

Ignacio Martínez

Ciento diez, ciento veinte

PERSONALMENTE, estoy en desacuerdo con la decisión de reponer la velocidad máxima en autovías a 120. La limitación a 110 tenía una función disuasoria que iba más allá de lo meramente económico o ecológico; era un buen símbolo de la precaria economía nacional. Algo así como las banderas a media asta, o el negro de luto. Una advertencia que nos recordaba que ya no éramos ricos, ni podíamos ir por ahí quemando queroseno alegremente. Porque si algún hijo de vecino podía pagárselo, España no podía. Ahora ese efecto psicológico va ha desaparecer, desgraciadamente.

Más allá del ahorro en la factura petrolera o en vidas humanas, del descenso de la contaminación o de otros argumentos opinables, lo único indiscutible sobre la decisión de pasar la velocidad máxima en autovías de 120 kilómetros por hora a 110 es que supuso un descenso del 8,33%. Ahora el mismo Gobierno, en su infinita sabiduría, ha decidido dejar las cosas como estaban en febrero, mayormente porque las encuestas dicen que el personal así lo prefiere y los gobernantes en vísperas electorales se ponen muy zalameros. Algunos gobernantes, porque la vicepresidenta económica Salgado, la ministra de Medio Ambiente Aguilar y el ministro de Industria Sebastián querían mantener la medida. Pero Rubalcaba, que se juega la barba en el envite, ha impuesto un criterio electoral universal, agradar a la afición.

Un servidor no es un experto en la materia, pero resulta que en cuatro meses hemos gastado 450 millones de euros menos en importar petróleo y la reducción de muertos en nuestras carreteras ha continuado bajando, hasta contabilizar en la última década un 55%. Nadie discute que quemamos menos queroseno y hay menos accidentes, pero los negacionistas atribuyen estos beneficios a la propia crisis; no hay dinero para gasolina y se utiliza menos el coche particular. Y como consecuencia hay menos consumo y menos víctimas. Esto es cierto, si se examinan las rutas habituales de nuestras ciudades que estaban colapsadas hace cinco años en las horas punta y en las que ahora es raro encontrar atascos.

Pero los españoles en conjunto hemos tenido que reducir nuestros presupuestos domésticos en bastante más que el 8,33%. De hecho, la tasa de ahorro nacional ha subido del 12 al 18% entre 2007 y 2009. Hemos gastado mucho menos, así, de golpe. El servicio de estudios del BBVA anunció hace unos meses que este aumento en seis puntos de la capacidad de ahorro de los españoles se va a acabar en un par de años. No porque gastemos más, sino por el descenso de la renta nacional disponible. En fin, para terminar de una vez por todas con nuestro complejo de nuevos ricos, nos venía bien alguna advertencia de carácter general. Que además ahorra vidas humanas, factura petrolera y contaminación. No era tan mal invento el de los 110.

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