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Rafael Padilla

Cobayas

Aestas alturas, tengo que dar pocas explicaciones. Los que me siguen en este rincón saben lo que pienso de casi todo. Pero esas etiquetas, que con seguridad soporto, en absoluto me encorsetan: a diferencia de tantos cerebros disciplinados, el mío todavía duda, busca luces, sopesa cualquier idea -de los supuestamente afines o de los otros- que otorgue algo de sentido al descomunal caos que vivimos. Por eso, y porque ya no descarto nada, traigo hoy aquí las reflexiones que hace un mes nos dejó, a su paso por Valencia, Susan George, la activista y pensadora, autora del famoso Informe Lugano.

Clama George contra el "austericidio" de Europa, contra esa forma de encarar la crisis económica que consiste en ir recortando poco a poco conquistas sociales. La pregunta central que se formula es para quién se gobierna. Todas estas medidas que nos empobrecen, que admiten, por ejemplo, tasas de paro inexplicables, el bochorno de una juventud desperdiciada o la voladura planificada de la clase media, ¿a quién aprovechan? Su respuesta parece tan probable como inquietante: son los mercados financieros, y no el pueblo en su conjunto, los grandes beneficiarios del inmenso sacrificio que nos imponen. Y en verdad que cuando uno contempla el río de dinero que acude a socorrer a los bancos y la impunidad en la que se mueven los culpables ciertos de este gigantesco disparate, tiene que concederle la razón. El caso de España es particularmente grave: hemos desquiciado nuestras cifras de deuda pública, antes más que sensatas, para salvar las veleidades de un sistema financiero inepto y despilfarrador, avaricioso y nada profesional, sin entretenernos siquiera en depurar sus obvias y letales responsabilidades.

Si a esto unimos que la política se diseña ahora en un círculo muy restringido, impermeable a las demandas y a la soberanía de las naciones y orgulloso de su imperio a la hora de poner y quitar gobiernos díscolos, el panorama no puede ser más descorazonador. En esas condiciones, para Susan George, "los griegos y los españoles son como ratas de laboratorio que permiten comprobar el nivel de castigo y de sufrimiento que puede tolerar un país sin que sus ciudadanos se rebelen". Una especie de experimento del hipercapitalismo global destinado a averiguar hasta dónde puede estirar su insaciable ambición.

El análisis de George, quizá conspiranoico y exagerado, sí que abre, en cambio, interesantes líneas de prospección: desde el auténtico papel de un poder nacional maniatado, estúpidamente complaciente y mucho más atento a la voz de Bruselas que a la de la calle, hasta la determinación de los instrumentos de resistencia con los que ésta todavía cuenta. Del para qué, respondan los amos del mundo, ésos que, mientras no sientan miedo, seguirán agrandando el tablero de sus siniestros juegos. Del cómo, nosotros, aún asombrosamente sumisos, crédulos y mayoritariamente mudos.

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