EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Colillas

VEO a un hombre en la parada del autobús, agachado frente a un alcorque. De repente hace un movimiento muy rápido con la mano, coge una colilla y se la mete en el bolsillo. Luego camina hacia el siguiente alcorque, se agacha, inspecciona el terreno y vuelve a coger otra colilla. En ese momento nota que le estoy mirando, y el hombre se pone en pie y camina muy erguido, como si quisiera demostrar que nunca ha estado agachado. Luego dobla una esquina y se pierde calle abajo. Mientras se va, le veo meter la mano en el bolsillo, deshacer las colillas y liar un cigarrillo con el tabaco que se ha encontrado. Más lejos, el hombre enciende el cigarrillo, lo aspira con ganas y suelta el humo con una especie de estallido de satisfacción, como si se estuviera fumando un habano.

Hace mucho tiempo que no veía algo así. Hace tres o cuatro años vi a un adolescente que lo hacía, pero parecía un chico que había vivido casi toda su vida a la intemperie. Este hombre es distinto. Por su forma de vestir no es un vagabundo, aunque está camino de serlo, y es muy probable que tuviera un trabajo hasta hace dos o tres años. Pero perdió ese trabajo, y luego también perdió su casa, y luego empezó a trampear como pudo, viviendo en pensiones y en albergues hasta que un día empezó a vivir en la calle, como un vagabundo, aunque todavía no quiera reconocer que lo es. Es posible que todo ocurriera así. O no. Pero lo que resulta evidente es que hay algo que este hombre tiene muy claro: si alguien le hubiera dicho hace cinco años que iba a estar cogiendo colillas, no se lo hubiera creído. Para nada.

Pero tampoco nosotros nos podríamos creer hace tres años que íbamos a vivir en una sociedad en la que están llenos los comedores de Cáritas y la gente compra cajas fuertes para guardar el poco dinero que le queda, ya que no se fía de los bancos. Y nadie podría creerse que iba a ver en las colas de reparto de alimentos a familias enteras de clase media que de la noche a la mañana habían tenido que empezar a vivir como familias de una clase nueva: la de los nuevos pobres que tuvieron casi de todo y ahora ya no tienen casi nada. Y nadie podría creerse que los videntes africanos -como el Profesor Drame- ofrecieran en sus consultas ayudas para "mantener puesto de trabajo, atraer clientes". Estas cosas no se habían visto.

Por suerte todavía vivimos en una sociedad que cuenta con mecanismos de protección social, pero tampoco sabemos cuánto tiempo van a durar ni si podremos seguir financiándolos. Desde luego, esos mecanismos no parecen haber protegido al hombre de las colillas, o si lo protegieron alguna vez, ahora ya no lo hacen. Y así, cada día se extiende más la sensación de miedo y desamparo. No sabemos lo que se nos viene encima, y todos los presagios son malos. Qué miedo.

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