La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Convulsión en el Metro

En mitad del túnel, un hombre cae. Me sorprendo de que la corriente humana no se detenga ni a mirar

De viaje de nuevo y en París vuelves al metro y a ver la ciudad que palpita y ruge sin descanso como una oruga inmensa que se enrosca eterna en sí misma, que se recrea cada mañana para aletargarse un poco a cada noche hasta volver a empezar.

Un río humano el que sale del vagón y se dirige a la carrera un domingo por la tarde para llegar pronto a casa y dormitar y levantar al día siguiente el país o lo que sea, qué más da. Como estás de visita puedes ver a los que no lo están en su cotidianeidad malhumorados, tensos, con todo el peso de la obligación dirigiéndose a la labor sin alegría, A empujones, para hacer funcionar una máquina en la que sólo son (somos) un tornillo de una cadena sin fin. Asfixia en hora punta. Sudor a pesar del frío. Si la felicidad tomara forma humana estaría tan apretujada de ansiedad de vida.

En mitad del túnel un hombre ha caído. Grueso, alto, con esa piel negra que sólo tienen los parisinos de ultramar. Pareciera que fue solo un tropiezo, u traspiés con unos escalones, pero se convulsiona y espumea. Su bolsa esta tirada a un lado. Sus ropas delatan su sufrida economía. La corriente bordea el cuerpo sin detenerse, sin pausa ni pregunta curiosidad mal contenida. Nosotros, que estamos de asueto desde Granada por unos días, libres de rutinas, si que nos paramos mientras que alguien parece que llama a la policía. Las convulsiones arrecian. Continúa sorteando la riada laboral de este París de fin de febrero la escena del dolor. Alguien del grupo advierte con seguridad de médico la necesidad de moverlo. Sus convulsiones con espumarajos arrecian. Tiene los ojos vueltos. El cuerpo inconsciente parece pesar más al voltearlo de lado y facilitar que respire. Así expulsa una buena cantidad de saliva que le ahogaba. Ya respira y respiramos. Me sorprendo de que la corriente humana ni se detenga a mirar siquiera. Pero, claro, yo estoy fuera de mis rutinas. Aquí hay tanta prisa como gente por miles, tanta que ni un segundo que regalarle al caído a unos metros de urgencia sin brida. El tiempo es oro, ese preciado bien del que no sabrás nunca cuánto te queda mientras corres más para ganar lo que por otro lado se te cae, como ese hombre al borde de caer como una rutina en cualquier metro, de cualquier ciudad, de cualquier vida.

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