La chauna

José Torrente

torrente.j@gmail.com

Corruptos

La desvergüenza de cierta caterva de corruptos no debe impedirnos seguir creyendo en la política

La corrupción de los partidos políticos, o de las cercanías de la política, no deja de avergonzarnos cada día. "Privatizan" recursos públicos con ánimo de hacer ostentación de una impostada vanidad. Los que robaban de lo público ya les llegaba para comer antes de empezar el trinque, pero no para demostrar finura social ni altura capitalista como el que más. Esa élite requiere fondo de armario y de talonario. De ahí la "necesidad" de apropiarse indebidamente de lo ajeno, porque con lo suyo no les llega ni para colonia.

Además de la mácula dejada en el Palau de la Música por Millet y Montull con el qué hay de lo mío, hemos visto cómo Maciá Alavedra y Jordi Prenafeta, íntimos del exmolt honorable Pujol, se quedaban el 4% de las obras públicas para no descarrilar del tren de vida que le habían mostrado els Pujolets. Esos hijos del expresident que gestionaban herencias de abuelos varios, aunque en realidad eran comisiones sin límite a ingresar en Andorra o Suiza, donde escondían lo sisado. Los exconsellers de Pujol lo han reconocido con asombrosa franqueza ante el juez, y así lograr que les recorten la pena de cárcel. Es el único recorte de la gama pública que ellos están dispuestos a sufrir: el de sus años en la cárcel.

Ignacio González, el del ático en Marbella y otros yates sin bautizar, ha resultado presunto también en el asunto. Resulta que la mano derecha de Esperanza Aguirre en el PP de Madrid, nos han dejado con menos fe en el futuro desde que aparecieron González y Granados, como trinconete y robandillo de los fondos públicos. Uno de un Canal público de gestión de aguas, que no quería ser menos que el otro en materia de sisandías y "descapitalizaciones" privativas del parné público.

Añadamos los podemitas que cobraron de lo público por no hacer nada, y de lo privado para financiarse sus teles en tuerkas propias; de los eresianos andaluces del segundo adviento progresí que esquilmaron la caja de los desempleados para no perder ellos el empleo; del yerno real, enemigo de doblar la espina. Se creyó tan importante tras su matrimonio que decidió vivir del cuento y contando cuentos a nuestra costa; o las invercarias del socialismo andaluz con desvíos blindados a bolsillos privados. Un no parar, oiga.

La desvergüenza de cierta caterva de corruptos no debe impedirnos seguir creyendo en la política. Pero tampoco debe de amagar nuestra vergüenza por este escarnio que sufre la honestidad de manos de tanta basura amiga. Quedémonos con el derecho a la presunción de inocencia en nuestra conciencia, y defendámoslo sin recortes. Pero nuestra libertad también exige defensa, y con ella poder decirle a los aprovechategui y corruptos, que sobran.

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