manías

Erika Martínez

Criminalizar

ME gusta la policía española. Es un gremio fiable, que en mi opinión ha sabido hacer prevalecer su función de asistencia y protección por encima de la capacidad de amenaza y control que también les son propios. Esto parece una obviedad, pero lo es tan sólo para los ciudadanos que han podido vivir bajo Estados no represivos. Unos amigos emigrados a España me contaban el otro día que, recién llegados a nuestro país, sufrieron un accidente de tráfico. Su primera preocupación al ver que se acercaba la guardia civil fue la guardia civil. La temieron como había que temer a la policía en el lugar del que ellos procedían. Los agentes fueron amables, les socorrieron, cumplieron con su deber. Una experiencia especular es la que tuvieron otros amigos españoles al acudir en una situación conflictiva a la policía, no de Somalia, Guatemala o algún remoto país asiático, sino de Estados Unidos. La reacción suspicaz, autoritaria y agresiva de aquellos agentes poco tiene que ver con la dinámica general de nuestra policía.

A España le gusta su policía. Lo dice una encuesta de esta misma primavera, que situaba a la institución entre las tres que inspiran más confianza a los ciudadanos de nuestro país. Los mismos ciudadanos que desconfían, según dicha encuesta, de las multinacionales, los partidos políticos y los bancos. Las estadísticas no son fiables, ya lo sé. Ésta sin embargo me resultó verosímil. A la puñetera que llevo dentro, le pareció en primer lugar que aquello era un residuo franquista de la fascinación por el ejercicio de la autoridad. Sí, hay algo de eso. O quizás sea todo lo contrario. Quizás los países sometidos a largas dictaduras o ejercicios radicales de violencia institucional se han visto obligados a exacerbar el respeto, el cuidado y la atención en el desempeño de la autoridad para recuperar la credibilidad pública. En caso de que quisieran recuperarla, claro. Después de Franco, la policía española tenía que vigilarse maniáticamente, porque la vigilábamos. Diría que algo parecido sucedió en la Alemania post-nazi.

De esa misma Alemania hemos aprendido que todo sujeto es responsable moral de sus actos, incluso aquellos sujetos que obedecen órdenes superiores, sean burócratas, policías o soldados. Nunca debemos dejar de exigir las responsabilidades individuales y políticas de cualquier ejercicio de brutalidad policial, como el que tuvo lugar en Barcelona hace no tanto. Tampoco debemos permitir que unos pocos violentos justifiquen la criminalización de un colectivo. Como pretenden hacer ciertos políticos con el 15M.

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