la colmena la colmena

Magdalena Trillo

Díaz Berbel

EL jueves hablaba en una comida de Díaz Berbel. De un señor con barba blanca y ojos azules que aparece en una foto que guarda mi madre en casa con todas las pequeñas cosas que cree importantes. Confieso que no recuerdo aquel día ni el porqué de la imagen. Pensándolo bien, por culpa de Díaz Berbel me he llevado la mayor bronca de mi vida como periodista. Diré en mi defensa que era casi novata. Fue en una rueda de prensa en el Ayuntamiento. Cuando salíamos del salón de comisiones, al entonces alcalde del PP no se le ocurrió otra cosa que decir que iba "a tirar a Pezzi a la Fuente de las Batallas". Así, con la sonrisa torcida, en plan socarrón... Yo escribí mi teletipo para Efe muy 'profesional' obviando la salida de tono y centrándome en lo que de verdad debía interesar a los lectores. Me equivoqué. La anécdota fue el titular (como descubrí que solía ocurrir con aquel peculiar político) y yo me lo comí. Todavía veo a Santiago Sevilla hecho una furia gritándome: "¿Pero lo dijo o no lo dijo?"

En 1999, cuando se presentaba a la reelección, su jefe de prensa me llamó para proponerme que me sumara a la campaña. Le dije que no. Nunca llegúe a explicarle a Berbel por qué no podía aceptar su ofrecimiento. Creo que no lo olvidó nunca. Y que tampoco me lo perdonó. La primera vez que volvimos a vernos tras perder las municipales, entre irónico y sarcástico, me espetó: "Gracias por ayudarme a ganar las elecciones". Aún estaba molesto. No supe qué decir… Tiempo después me dio su número de móvil, me presentó a Fátima -con el orgullo y la felicidad de un adolescente que empieza a vivir- y, a partir de ahí, hemos cotilleado y rajado de unos y otros con verdadero entusiasmo. Ha sido divertido.

Hasta el infarto. Este 17 de junio. El mismo día que hace dieciséis años era proclamado alcalde. Acababa de cumplir los 71. Ayer, en el cementerio de San José, no eran pocos los que se ajustaban las cuentas. Cinco más, cinco menos… Díaz Berbel muere y cumple las estadísticas. Las de mi padre, que también se hace septuagenario y empieza a aprovechar las subidas y bajadas al cementerio (entre las costumbres de los pueblos habría que destacar la de cumplir) para fijarse en las edades que se graban en los nichos. Su teoría: el primer zarpazo llega a los 70 y, si no te coge, puedes llegar tranquilamente a los 80, 90...

Supercherías. O no. Como lo del número 17 que marcaba su vida. Como los miles de recuerdos y anécdotas que, seguro, estarán rememorando ahora todos los que le hayan conocido; cualquiera que haya compartido con él medio minuto de conversación. Vivencias nimias e insignificantes pero sólo en apariencia. Las pequeñas historias que construyen las vidas; los detalles que nos hacen seguir viviendo en los demás. Las anécdotas que se convierten en titulares.

De Díaz Berbel se pueden escribir palabras gruesas y solemnes y se podría preparar un best-seller. Hace unos meses pensamos en el periódico proponerle publicar su biografía por entregas, a modo de folletín del siglo XIX. Hubiera sido un éxito rotundo. Pero se quedó en el aire. Como las memorias que tenía apalabradas con Jorge Rubio, el paciente y discreto jefe de prensa que tuvo que lidiar día tras día con sus ocurrencias y su pasión por lo políticamente incorrecto.

Eran otros tiempos. Y otra forma de hacer política. La suya. Díaz Berbel jamás eludió una pregunta incómoda, nunca se escondió para no meter la pata haciendo declaraciones. Al contrario, las provocaba. Respetaba a los medios y no se protegía detrás de comunicados oficiales ni vídeos enlatados. Tenía un sentido municipalista inquebrantable y una personalidad lo suficientemente arrolladora para no dejarse doblegar. Su vocación era Granada y sus opiniones, verdaderas. Pocas personas admitirían tantos adjetivos y tan contradictorios. Pocos políticos logran pasar por la vida superando la indiferencia. Díaz Berbel no fue un héroe ni fue ejemplar, pero fue único. Y supo hacerse querer de la manera más honesta y sencilla. Desde una sinceridad que, a veces, rozaba lo kamikaze.

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