Editorial: Nadie puede creer a ETA

LA organización terrorista ETA dio a conocer ayer a través de la BBC su decisión de no cometer atentados. Un alto el fuego, proclamó, para hacer posible lo que llama "un proceso democrático" de solución al conflicto vasco. Una tregua que ni siquiera tiene las características de permanente y verificable, como le solicitaba días atrás la izquierda radical vasca, que necesita desesperadamente que ETA deje de matar para poder participar en las próximas elecciones municipales con plena legalidad. ETA ha anunciado once veces a lo largo de su siniestra existencia que cesaba temporalmente la violencia. Con el mismo resultado: ha vuelto a asesinar en cuanto ha comprendido que los gobernantes democráticos no aceptaban ofrecerle contrapartidas de carácter político a cambio de su hipotético abandono de las armas o en cuanto ha tenido capacidad organizativa para hacerlo de nuevo. Por eso su nueva tregua no puede ser tomada en serio. La banda lleva trece meses sin matar sencillamente porque no ha podido, por su extrema debilidad, la constante desarticulación de sus comandos, la falta de apoyo social y el vacío internacional que padece. La respuesta de los gobiernos español y vasco y de los partidos democráticos es la única lógica: la declaración de ETA es ambigua, insuficiente y decepcionante. Lo que se espera de una organización que ha causado más de ochocientas víctimas no es que decreta una vaga tregua con condiciones (traslado de presos etarras al País Vasco, derogación de la Ley de Partidos, etcétera), sino que anuncie el abandono incondicional de la violencia, es decir, que deje de arrogarse el poder de quitar la vida y chantajear a sus adversarios políticos y a los agentes del orden democrático. Sólo de esta forma será posible que la llamada izquierda abertzale participe en el juego político en condiciones de igualdad con las demás fuerzas y, en el futuro, que la sociedad española pueda ser generosa con los terroristas que tanto daño le han causado. Mientras eso no se produzca, ETA pierde el tiempo. Ningún gobierno aceptará ya su chantaje ante el espejismo de una paz que no puede conducir a la claudicación del Estado democrático.

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