la clave

Jaime Vázquez / Allegue

Fin de curso

Alos que terminan en junio su carrera universitaria mis felicidades. Cada año por estas fechas miles de jóvenes clausuran una etapa de su vida bajo la peripatética controversia de la alegría de aprobar un grado universitario y la paradoja de encontrarse sin saber qué hacer a partir de ese momento. Sólo los menos han preparado -acertado a preparar- un puesto de trabajo o una oposición pactada previamente y terminan sus estudios con la experiencia de un pintor que antes fue iconoclasta. A ellos -nuevamente- mis felicidades. Habrán logrado incorporarse al supermercado laboral de esta sintética sociedad geriátrica. Claro que éstos son los menos -los mínimos- que sitúan el grado de población laboral bajo el equilibrio gradual. El problema estaría en los demás, en todos aquellos que terminan el curso y con él finalizan su carrera universitaria de bajo fondo después de haber tenido que saltar todo tipo de obstáculos, vallas y haberse enfrentado durante los años más acumulables de su vida a las inclemencias de la atmósfera académica.

A todos estos -repito- mis felicidades por haber sido capaces de atravesar el lago de los cisnes sin caer en la trampa del descanso jesuítico de media semana. A partir de ahora, como plantígrados polares, tendrán que sumirse en el sueño de la verde esperanza de que alguien llamará por teléfono una mañana para concertar una entrevista que será la primera de un largo dial de entrevistas de trabajo. También podrán poner en marcha el ritmo de la sucesión de oposiciones para las que uno se prepara -como no lo había hecho nunca- con la genial ingenuidad de poder ser uno de los tres candidatos a ocupar plaza de funcionario para la que se presentan doce mil ochocientos candidatos.

El fin de curso es un trámite más -como otro cualquiera- que ofrece la oportunidad a unos pocos de dejar de asistir el próximo curso a una clase para comenzar a asistir a otra -eso en el mejor de los casos-. La vida de estudiante -decíamos hasta hace poco tiempo- es una vida estupenda, los mejores años de una persona. Será esa la razón por la que hoy cualquiera es estudiante pasados los treinta años. Después del bachiller, la universidad; después de la universidad, un máster de especialización; después los cursos de verano -que también son puntos para el currículum-, luego vendrán los de actualización, reciclaje y formación permanente. Al final uno cree pasarse la vida estudiando y sólo al final de sus días, cuando está pendiente de la jubilación puede decir que podrá hacer lo que más le guste.

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