Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Heridos en la españolidad

En cualquier condominio, en cualquier círculo vespertino, en todas las familias felices y desgraciadas, dentro de cada autobús de línea, siempre hay uno: los cretinos están por todos lados, pura estadística; como los bondadosos, los espabilados, los ególatras o los melancólicos. Por eso resulta excesiva la indignación y, sobre todo, el tono -"ahora os vais a enterar"- de los artículos de respuesta que se han escrito esta semana tras la publicación en The Guardian' (How to be Spanish) de un listado de tópicos sobre "cómo ser español": malhablados, vividores, comedores de sebo, sucios en la calle, impuntuales. En realidad, si se lee la pieza con atención, más que de un ataque destructivo de un zote con recuadro periódico se trata de una parodia. Seamos un poco flemáticos, como si fuéramos ingleses (todos los ingleses lo son, ya se sabe, también los energúmenos de borrachera permanente en Mallorca, balconing, pota y revolcón en plena calle). Concedamos que -cretino o cachondo viperino- el autor no va desencaminado en ciertas cosas: somos gritones, y socializamos el griterío de nuestros pequeños con paternal indolencia, un signo de subdesarrollo y otro de incivismo, impropios de nuestro puesto en el ranking de países desarrollados. ¿Somos impuntuales?: los indignados que han escrito perfiles de las cascarrias colectivas de los británicos han tardado diez días en hacerlo tras la publicación del reportaje coñón de Chris Haslam. Y tiramos, en algunas ciudades más que en otras, muchísima basurilla al suelo de las aceras, parques o carreras procesionales.

¿Está usted indignado por esta generalización que acabo de proponerle como trampa juguetona? Como se dice al principio de cada historia de Astérix: "¿Toda la Galia está ocupada? No toda". La generalización tiene eso; es injusta. O muy injusta: entre la gente con la que me junto y frecuento no hay puercos de la calle, ni vociferantes, ni haraganes, y la impuntualidad va por barrios: la he sufrido en, por ejemplo, la Universidad de Manchester. Lo del tal Haslam era un potaje de lugares comunes. Es excesivo, y algo miope, responder con los rasgos del prototipo del habitante de la Pérfida Albión, rival secular: comedor de basura, beodo campeón, pirata, prepotente, cínico, titular de calcetín y brasli con vida propia, criador de ácaros de moqueta. Yo, la verdad, sólo por el Abbey Road, por Penny Lancaster y por Emma Thompson se lo perdono casi todo. Y entre indignarme y reírme, lo segundo… si puedo controlar el hispánico ataque de honra.

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