La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Hijo-perros

No paro de aprender palabras nuevas: Sapiosexual, animalista, LGTB, glocalización, pansexual, poliamor…. Acabaré haciendo un diccionario, al tiempo. La última me lo regaló una amiga cuando le pregunté cómo le iba. "Pues muy bien con mi hijo-perro, ya ves, tan feliz, con esa carita que tiene tan linda…". Me sacó su fotografía y yo tuve que decir el obligado "qué mono". Me sentí raro, en stand by, cariacontecido. Mi amiga parecía la clásica mamá recién parida pero faltaba el relato de los dolores del parto, los ardores de estómago, el calostro y todo ese campo semántico de primerizas (dilatación, fórceps, …). ¿Perdona?, le inquirí… "¿Hijo o perro?". Me miró severa, fuera de juego de los tiempos que corren. "Me sale a recibir y le preparo su comidita…". Ah, la mascota, claro, deduje. Aquel rostro iluminado de amor, sus gestos como de acunar a un niño, me hacían entender otra cosa más del tipo papillas, pañales y natalicios… humanos.

Esta soledad neoliberal hiperconectada nos trastocó el trabajo -deslocalizado, a distancia-, la pareja -ya no sabes si preguntar por el/la/lo susodicho, -a-, los salarios -en cuarto menguante- y ahora los conceptos de compañía y de familia. La cifra de mascotas está disparada, tanto como las peluquerías caninas, la moda para perritos o gatitos o, si me apuran, cacatúas, boas constrictor o iguana, todo con tal de sentir que algo vivo palpita cerca para silenciar los destrozos en las vidas.

Es ya un paso casi obligado. Primero compartes piso y luego te buscas piso ya solo y pones una mascota en tu vida. Una pareja tal vez (siempre que no moleste o desentone con las cortinas) y, cuando ya dé el sueldo, pues a lo mejor, ya rompes con la molesta pareja e igual te das cuenta de que lo que te falta un niño entero como colofón a la foto de familia de humano, perro y niño de veras.

Conozco quien ya hizo su familia numerosa con cinco hijo-perros en casita saltando cada vez que llega. Alegría de arca de Noé, oyes. Todos felices de recibir su pitanza a sabiendas de que esos infantes-perros (que lo son en inteligencia y conexión emotiva, claro) nunca crecerán lo suficiente como para llevar la contraria. De ahí la alegría: morirán cuando dejen de ser peterpanes, como sus dueños, que buscarán otra mascota que les llene el vacío, con esa carita.

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