La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Marihuana salvadora

Economía sumergida e ilegal que, es innegable, fue el único refugio de los más parias de la crisis

Granada siempre está a la cabeza de algo peculiar, inútil, gracioso o insólito, con tal de que no sea en la producción de puestos de trabajo o en la creación de empresas innovadoras. Ahora resulta que somos los primeros en producir marihuana, un récord que se suma a la inutilidad de ser la ciudad más bella de España o de las más visitadas además de la que menos retienen a ese turismo que disfruta la Alhambra o Sierra Nevada más bien desde Sevilla o Málaga. Un sainete hecho ciudad surrealista sin tren siquiera en la que el realismo mágico cuajó mejor que en Sudamérica, como ya entrevió Lorca.

La picaresca nacida del paro salvaje dejado por este empresariado inoperante y esos políticos locales que ya no se merecen ni calificativo, ha provocado la proliferación de plantaciones urbanas caseras o en parajes recónditos donde, por un módico precio y algo de cuidados y estudio de manuales descargables en la red uno mismo puede montarse su producción de estupefacientes sin gran problema. Economía sumergida e ilegal que, es innegable, fue el único refugio de los más parias de la crisis, esa legión de gente decente con la casa embargada por el banco y que pasó de ser dignos trabajadores a juguetes rotos de un sistema ya sin sitio para ellos.

Difícil es juzgar la comisión de un delito que, por otra parte, sirvió de salvación de la miseria a tanta gente. Solo que, como somos tan exagerados en todo y, viendo lo floreciente del negocio, algunos ya no se cortaban y se lanzaron a montar verdaderas selvas en cualquier barrio por el que pasas y la peste a porro no es ya cosa del bar cercano de barbudos sino que es ese olor penetrante e inconfundible pero más fresco que el que se respira cuando se fuma.

El fracaso colectivo de la provincia nadie lo niega. No hay sector productivo sin lastre de esa molicie y falta de energía que todo lo impregna, de ese afán de cargarse lo que hace el de enfrente por el mero disfrute de verlo destruido. Se suman pocas fuerzas y todo se va en despedazarse, pero eso sí, en el sector de las plantaciones de costo al kilo la colaboración parece fluida, con traspaso de conocimiento entre los pacientes cultivadores de esa planta milagrosa que activa la creatividad y salva del hambre a más de uno. Y, además, fumando gratis. ¡Qué arte!

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