Magda Trillo / Granada / Enrique Nogueras /

'Medio siglo' con Rafa Juárez

SIEMPRE me ha fascinado como recita Rafael Juárez sus poemas: de memoria, sin leer ni mucho menos declamar; más que recitarlos los dice con una sobriedad de escolar serio y educado, o como un niño que reza concienzudo y formal sus oraciones o repite la lección: algo que ya no hay, como no hay ya bastantes de las cosas de las que hablan. Esta forma de recitar es quizás el reflejo de una forma de componer, como él dice, caminando, al andar. Hay que acordarse, claro, de don Antonio Machado. De don Antonio Machado y de toda la compañía a la que en el primer poema de su nuevo libro rinde homenaje.

El desvelamiento de la excepcionalidad de las cosas cotidianas, tanto si existen todavía como si no, es uno de los rasgos más sorprendentes y una de las fuerzas más poderosas de la poesía de Rafa; la excepcionalidad serena con que las rescata es muchas veces la de la infancia, cuando esas cosas eran realmente un regalo del mundo. Y un regalo del mundo y un prodigio es la poesía de Rafa Juárez. Un regalo ofrecido a quienes vieron y a quienes no han visto esas cosas naturales que muchas veces solo se encuentran en la palabra que las rescata o crea de una memoria de más medio siglo vivido con lucidez, pasión y duda. Escrito con una pulcritud clásica, en una especie de ascesis progresiva hacia el conocimiento, su último libro recoge memorias de lugares y lugares de la memoria, miradas sobre el arte y sobre la muerte, el amor y su resurrección eterna, inesperada. La veneración hacia la naturaleza -alguien ha escrito que toda verdadera poesía es bucólica- y hacia el paisaje empapa también este libro que salta desde la infancia hasta la madurez y juega con el tiempo, y lo confunde o lo burla en no pocos poemas. Con una maestría rara, Juárez ha manejado en él, como en los anteriores, métrica y música, ritmo y palabras ajustadas, retóricas sutilísimas y una respetuosa transparencia: la radical actualidad, el absoluto atrevimiento, de emplear las formas estróficas tradicionales confiriéndoles una normalidad tan espontánea que las transforma en algo vívidamente nuevo. Y este libro rezuma sobre todo bondad, algo muy valioso y acaso no tan raro, pero importante siempre, porque Rafael Juárez es, muy machadianamente, bueno en el buen sentido de la palabra bueno. Bondad y belleza, verdad y belleza: todo cuanto es preciso saber sobre esta tierra.

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