Paso de cebra

José Carlos Rosales

Miguel Ríos

LA primera vez que lo vi cantar fue en 1968, tal vez en 1969, en el Teatro Isabel la Católica: estábamos sentados en la primera fila José Manuel Gómez, Justo Navarro y yo, y en uno de los momentos más agitados del concierto Miguel Ríos nos acercó el micrófono y estuvimos, durante unos segundos tan rápidos como interminables, haciéndole los coros al pie del escenario. En aquella ocasión su telonero era el venezolano Henry Stephen, que recorría España con la canción más simple de aquel verano antiguo (Mi limón, mi limonero).

La última vez ha sido esta semana, el viernes por la noche, en el Palacio Municipal de Deportes de Granada, y no había teloneros: sólo Miguel Ríos y su música de siempre, sus amigos sin pausa y un público solícito, los acordes tajantes de unos músicos sobrados de pericia y un puñado de canciones desgranadas con la autoridad y la soberanía que da el paso del tiempo si se ha vivido sin olvidarse del sitio al que se quería llegar. Entre un concierto y otro hay un largo camino, más de cuarenta años. Y Miguel Ríos lo ha ido llenando de palabras y melodías sin freno, de ráfagas de luz y ritmos envolventes, de sudor y cariño, de rock y fantasía. Así fue el concierto del viernes.

Mientras las canciones se iban sucediendo y construían la panorámica de una carrera musical intachable, fluían invisibles, en la conciencia de muchos de los que estábamos allí, las imágenes y experiencias de unas décadas en las que España dejó de ser el país grisáceo y olvidado de nuestra infancia para convertirse en el que hoy se asoma, rutilante y vanidoso, en los telediarios y las ruedas de prensa.

Pensábamos que navegaríamos entre la utopía y la realidad, pero la realidad se impuso. Temimos que Mister Chip nos quitara el curro y que nos fichara sin piedad, y esos temores se confirmaron pronto. Buscábamos cómo arrinconar la violencia, y la violencia se volvió más omnipotente que nunca. Pero, junto a todas esas sensaciones, el rock and roll estaba allí de nuevo, en el Palacio de Deportes, más vivo que nunca como pudimos ver en esa inolvidable escena de Miguel Ríos y Pereza cantando juntos Rocanrol búmerang; o en la humildad generosa y afable al recibir a Rosendo (Mercado) limpiando simbólicamente el polvo del suelo por donde pasaría el mítico guitarrista de Leño; o en la complicidad sin laberintos al cantar con Manolo García El blues del autobús.

Miguel Ríos dice que se va, pero se va para quedarse, pues bajará de los escenarios y se subirá a otro sitio, seguirá haciendo lo que siempre ha hecho: trabajar, imaginar, hacer.

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