La esquina

El PP no va de marcha

MARZO es un buen mes. Es el mes de la guerra". Escalofría esta frase del portavoz de los grupos Provida para convocar, en su legítimo derecho, las manifestaciones contra el aborto del próximo domingo. Apelar a la guerra y decretar una "guerra de guerrillas" contra el Gobierno en nombre del derecho a la vida es un contradiós. Se puede proclamar el rechazo al aborto sin sacar la artillería tan gruesa. Y se debe.

Los grupos Provida acusaron a la ministra Aído de preparar "el mayor acto de pedofilia política de la historia de la democracia". Estaba en el guión. Lo que no estaba es que disparasen también -no es exagerado el verbo: son ellos los que hablan de guerra- contra el Partido Popular por no adherirse con el entusiasmo requerido a su convocatoria. "Nosotros defendemos la vida y el PP defiende los votos", sentenciaron ayer, denunciando que los populares sólo se pronuncian en función de los réditos electorales que puedan obtener. Es lo que tiene pensarse en posesión de la verdad: no sólo hay que condenar a los enemigos, sino también a los tibios.

La tibieza del Partido Popular en relación con el aborto y, en general, con el divorcio, los anticonceptivos y otras expresiones de una moral privada aconfesional, no es de ahora. Es cierto que en la cúpula del PP de Mariano Rajoy se repite una tipología ajena al modelo católico (la secretaria general es madre soltera inseminada artificialmente, la portavoz prometió su cargo de diputada en vez de jurarlo, otros dirigentes son divorciados y al propio Rajoy no se le nota una acendrada religiosidad). Pero ya con anterioridad, en su largo viaje al centro, el PP, aun inspirándose en el humanismo cristiano entre otros elementos ideológicos, ha procurado alejarse del confesionalismo. Estuvo ocho años gobernando, entre 1996 y 2004, y ni se le ocurrió tocar la ley del divorcio ni la vigente ley del aborto, y eso que esta última la había recurrido en su momento ante el Tribunal Constitucional.

Son mayorcitos para saber lo que hacen, pero creo que hacen bien, por más que el sector dominante de la jerarquía de la Iglesia católica les impulse con constancia y energía a alinearse detrás de sus propias causas y convertirse, en la práctica, en el brazo político de sus planteamientos espirituales. Cuando ha cedido a esta tentación, como en la anterior legislatura, el Partido Popular ha salido perdiendo, porque se ha enajenado la simpatía de un amplio sector social que, conservador o moderado, no quiere ser conducido a ninguna cruzada y que cree en la autonomía de la política. Este sector es tan numeroso e influyente en la sociedad española del siglo XXI que puede dar o quitar mayorías electorales. Y aunque Provida lo vea mal, el objetivo de cualquier partido es lograr esa mayoría.

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