Por montera

Mariló Montero

Pasqual

VER a Pasqual Maragall bailando con su mujer, Diana, en el salón de su casa es arrebatadoramente conmovedor. En una de las escenas del documental que muestra cómo está evolucionando su enfermedad, aquel que para todos fue Maragall es simplemente Pasqual. La enfermedad nos permite ver lo que siempre se preservó en la intimidad de su hogar y su familia. Las cámaras empezaron a rodar el día a día de su convalecencia en 2007, cuando él mismo anunció -fue entonces un acto de voluntad y con objetivos sociales concretos- que padecía alzhéimer e iba a ir perdiendo memoria, la suya, ya que la que construyó para la sociedad queda intacta en la historia.

En nuestro recuerdo quedan su lucha política y algunos de sus logros, entre ellos, algunos de los que, por muchos años que pasen, todos podremos sentirnos orgullosos, como el de haber logrado que los Juegos Olímpicos se celebrasen en Barcelona en 1992.

La imagen actual de grandes políticos, como Adolfo Suárez o Jordi Solé Tura, entre otros, que padecen la misma enfermedad, son un demoledor aldabonazo para la liberación de los miedos de los familiares que sufren el síndrome del cuidador. Familias que han vivido a la sombra de un hombre dedicado a la vida pública y que en la mayoría de los casos se mantienen en el anonimato son quienes ahora dan la cara por el hombre que ha regresado a algún punto de su pasado.

A Maragall se le ve en el documental Bicicleta, manzana, cuchara como a un niño tranquilo. Ensimismado en sus grandes mundos infantiles. Feliz de haber doblado su verticalidad corporal, con la mirada dirigida hacia un horizonte en el que disfruta de sus primarios placeres vitales. Uno es feliz con las pequeñas cosas sólo cuando las que han realizado antes han sido grandes.

Pasqual toma de la mano a Diana, su esposa, la invita a bailar en el salón de su casa y terminan abrazados en un sincero momento de ternura y envidiables sentimientos puros. Pasqual se deja ver durmiendo la siesta en el sofá de su casa mientras Diana le cubre con una manta. Ese gesto, y otros de los familiares de Jordi Solé Tura, uno de los padres de la Constitución, es un gran avance en la lucha por el destierro de la palabra maldita, alzhéimer, que ahora se puede mentar con orgullo.

Quien padezca la enfermedad se sentirá reforzado en su lucha, y los familiares que sufrían vergüenza por confesarlo encontrarán el esfuerzo necesario para empezar a vivir con un familiar que ya no es lo que era, ni tampoco es lo que fue. Este documental es realmente emotivo y, después de verlo, un gran apoyo para aquellos que vuelven a disfrutar de unos sentimientos primarios en la madurez de su vida. Lo importante es para quiénes lo han hecho, cómo lo han hecho y por qué lo han hecho, pues sacrifican su intimidad para mejorar la de miles de personas con alzhéimer.

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