Quosque tamdem

Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

Política de tertulia

Nos sobran mesías, líderes carismáticos e iluminados que lo saben todo sobre todo. Falta reflexión y empatía

Hubo una época en la que había más tiempo que relojes y en la que las horas las marcaban los campanarios y no las dicharacheras alarmas de los móviles. La gente se reunía en los patios de las casas de vecinos, los trabajadores y estudiantes en tabernas y cantinas, los burgueses en los cafés y la aristocracia en los salones de sus palacetes decimonónicos y decadentes. Y, de una u otra forma, todos acababan hablando de política. En las corralas preocupaba el precio del pan y del aceite; los trabajadores se quejaban de los bajos salarios; los estudiantes preparaban alguna revolución que nos colmaría de paz, progreso y libertad, como corresponde a su edad y estatus; la burguesía, entre café y café, pergeñaba soluciones fantásticas a cualquier problema y la aristocracia, imbuida como siempre de un extraño sentido de imprescindibilidad ancestral, añoraba aquellas épocas en las que el gobierno les correspondía por derecho divino y sin oposición alguna. Y después, una vez pagada la cuenta o dejada a deber al hostelero imprudente y fiador, cada uno a su casa y Dios a la de todos.

Hoy, entre la televisión y la radio que han convertido la tertulia en género y las redes sociales que son una tertulia permanente y en permanente estado de excitación e histeria colectiva, no damos abasto para sufrir sobresaltos y se gobierna a golpe de eslogan. Nos sobran mesías, iluminados y líderes carismáticos que conocen en exclusiva la forma de acabar con el paro, la delincuencia, la crisis económica, la llegada del AVE, el desafío soberanista catalán o exigen implementar un acuerdo nacional sobre si la auténtica tortilla de patatas es con o sin cebolla. Cuestión esta que debería debatirse en un referéndum constitucional.

Porque el problema fundamental de esta sociedad tan ultrainformada como a veces, demasiadas, realmente desinformada, no reside en que se opine y mucho menos en sobre qué se opina, sino en que no se admitan otras opiniones. No está en que se piense distinto, sino en que no se buscan puntos de coincidencia para llegar a acuerdos o al menos, para convertir al enemigo en adversario. Nos falta reflexión y empatía. Quizá nos hemos creído demasiado eso tan repetido desde hace veinte años, de que somos la generación mejor preparada de la historia, aunque no estemos muy seguros de para qué nos han preparado ni porqué no coincidimos en los problemas detectados ni en las soluciones ofrecidas.

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