La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Presencia francesa

Lo francés se impone como antídoto-contrapeso a nuestro afán de siesta, trasnoche y gritos

Llovía en Granada el sábado noche como si pasearas por los Champs Elysée, aunque estuviéramos en un restaurante de Monachil, con la voz de Edith Piaf de fondo y hablando del último viaje a París que hicimos un puñado de granadinos en busca del secreto de la luz que allí descubrimos. La cuisine française y sus valores reunían a una nutrida y silenciosa presencia francesa que descubro y valoro por aquí.

Un cosmopolitismo infrecuente por estos lares. Entre ensalada y carne regada con vino rouge, los comensales pasaban del idioma de Monteigne al de Cervantes con mágica fluidez, en animada charla hilada con la elegante serenidad de Françoise Souchet, cónsul honoraria en tierras granadinas pero, para mí, la profesora paciente que de niño me acercó a esa cultura francesa que ya aprende también mi hija, claro, en su maison granadina.

Me estoy afrancesando, lo reconozco, y con gusto. Una rebeldía recomendable. Modero ademanes y doy los bonjour y las merci, como declaración de principios en este bruto mundo más allá de Putin y el del flequillo. En la cena, risas y saludos a amigos francófonos arraigados aquí para insuflarnos algo de racionalidad y de ese bouquet que nunca tuvimos en este imperio de las papas a lo pobre con morcilla. A los postres saludábamos a Margarita Buet, granadina-francesa reciente caballero de las artes y las letras en Granada, nada menos, y no lo sabíamos. Desde la Alianza Francesa lleva décadas en el empeño de acercarnos lo francés, ahí es nada.

Hablábamos en el ínterin del giro francófono de Europa ahora que lo anglo se ha agriado a base de Brexit, sal gorda y trumpismo. Macron, contaba Françoise, quiere un coro por escuela y una mili a la suiza. Es que lo francés se impone como antídoto-contrapeso a nuestro afán de siesta, trasnoche y gritos, como resistencia europea a la idiocia rampante de los misiles.

En París un Sol brillaba en mi recuerdo mientras llovía (y llueve) en Granada, como el torrente de río que atruena Monachil recordando que esto ya sí es Europa, como lo es Lisboa, próximo destino. Los cocineros de la cantina de Diego salieron a saludarnos a los postres de aquella cata francesa y aun así granadina, en un rincón repleto de charme por unas horas, esa lámpara maravillosa de la razón en equilibrio que nos redime.

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