Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Prohibir el erotismo

La profesión de moda es el censor progresista, un sustitutivo del azote de herejes que tan atrás queda: sus hogueras son de mucha red social y sus cenáculos son de género, en ellos se cena de primero Odio al heteropatriarcado con reducción de capitalismo. Casi cualquier cura de a pie -no de la púrpura y la escarlata- es hoy más tolerante que muchas y muchos censores de desaliño como uniforme, ya sin gafa negra y bigotito, pero en esencia la misma cosa: prohibidores natos. Es difícil ser feminista -esa condición que ha hecho avanzar al mundo casi más que ninguna otra- en este país. Y más siendo hombre: te darán leches por la derecha, por blandengue y suavón o maricona; y por la izquierda olerás a macho con piel de borrego si no comulgas con el exceso que tanto pervierte las buenas ideas.

Recuerdo Los cuadernos de Don Rigoberto de Vargas Llosa, un escritor monumental y, claro, desigual, que, por cierto, no es del agrado del compromiso oficial: quién quiere literatura habiendo política. Por una noticia se me viene a la cabeza esa novela que gira, entre otras cosas, alrededor de la figura del pintor austriaco Egon Schiele, discípulo de Gustav Klimt, que alambicaba la sensualidad femenina, desnuda en plata, en escorzo o con apenas media ropa interior; pleno de expresión, de un erotismo franco y aún novedoso. Esta semana hemos sabido que no sólo en España se enseñorea ese tipo de monstruito retrógrado que pone el grito en el cielo -pidiendo urgente prohibición de esto o aquello- ante cualquier ataque a la nueva moral, tan pendular y políticamente correcta.

El titular en El País reza: "No es arte, es pornografía: Reino Unido y Alemania censuran la obra de Egon Schiele". El golpe sordo del badajo de ida y vuelta, sobre los labios, bum. Recuerdo aquel pasaje de Los cuadernos en el que un personaje explicaba cómo la forma de cruzar las piernas de una mujer educada en las monjas era incomparable, por superior en sugerencia, de alguien criada en el protestantismo, pongamos, escandinavo, libre de cortapisas moralizadoras (es un decir). Y eso a su vez me retrotrae a la reciente controversia sobre las azafatas de las motos, puestas por carne o por putones por esta nueva horda puritana, sin mentar -censurar- el atuendo sexy de actrices libérrimas en la gala de los Goya. O las tabletas abdominales al uso, dirigidas a hombres más que a mujeres. ¿No es machista eso, oiga? ¡Ay!, esa cosa selectiva, ese afán de prohibir aquí y allí no. ¡Ay!, el cangrejeo metamórfico de la Historia.

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