Antonio Carvajal

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ALGUNOS amigos se han alegrado de mi vuelta a Granadahoy, hasta el punto de que José Miguel, siempre impetuoso en la manifestación de sus afectos, me llamó por teléfono a una hora en que yo aún estaba durmiendo y no me explico cómo él estaba levantado, víctima sin duda de un exceso de vigilia o de madrugada; por el auricular me llegaba un delicioso aroma de café caliente mezclado al de tinta fresca. Juan Alfredo, muy mirado en las cosas de su profesión, que no es otra que transmitir sus conocimientos, siempre caudalosos y renovados, sobre la lengua española, me pide que desplace el acento a la sílaba -cum-, que así mi neologismo le resulta más grato al oído (de poeta y, además, educado en nuestras ricas tradiciones orales y escritas).

Le agradezco al uno sus ímpetus, al otro sus advertencias (que asumo) y a mi amiga Teresa, que me reprocha la presunta vagancia, le digo que me deje quincenal, pues si una vez a la semana es costumbre sana, una vez a la quincena es buena. La verdad es que cada vez me apetecen menos los viajes, trasnoches y salidas de copas o comidas; como aquella de mi pueblo, que no tenía el horno para ruidos, amo cada vez más el silencio contemplativo u ocioso e igualmente creativos, el uno de ideas, el otro de armonías interiores.

Mi patria es una butaca extensible y reclinable delante de una estantería donde se mezclan libros de placer y de trabajo, ante un televisor rara vez encendido, envuelto en la luz filtrada por las persianas y con una manta muy leve a mano por si los laberintos de la digestión o las alternancias del clima me reclaman una protección somera. A veces me quedo traspuesto (malas lenguas, que se crían aún en el ámbito más privado, dicen que hasta ronco), el alma se me escapa a la nutricia región luciente y, tras unos minutos, me regresa iluminada. Me acaba de traer la frase feliz: "Lanjarón, donde Lorca bebió vida". Quien quiera imitarlo, venga al balneario la última semana de agosto y asista al ameno curso sobre agua y cultura.

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