Antonio Carvajal

Reinas

La polvareda levantada por las confidencias de la reina de España a una periodista me dejan sumido en la perplejidad en que estoy desde que me pregunté en qué país vivo. Lo tengo claro: vivo en un oxímoron, es decir, un enunciado cuyos términos se contradicen, por ejemplo: democracia española. Oxímoron pleno, pues si es democracia no es española y si es española no es democracia.

Unos con más conciencia, otros con menos, debemos saber que en España no hay democracia, o sea, gobierno del pueblo, del que la reina es un miembro más, sino demagogia, gobierno de unos pocos vocingleros que tratan al pueblo como rebaño de borregos o de cabestros. Los demagogos se nutren de las ubres de la democracia, y no son demócratas, sino putijos, "esos putos de hijos que tan poco se parecen a sus buenos padres, a los que tan mala vida dan". No me fío de quienes profesan de gogos, sea en la versión radiante y chulesca del demagogo, sea en la versión ruin y malsana del pedagogo.

Lo de la 'infidia' de la periodista con la reina me huele a chamusquina y conjura de sacristía. ¿Qué gente rodea a la reina, que tan poco la cuida? La llaman la reina culta, pero el embajador de España en Pekín no hizo nada para que tal apelativo tuviera confirmación universal cuando no atendió la sugerencia de que al gobierno de la República Popular china le agradaría que asistiera al concierto en que intervenía un solo representante de todo el ámbito hispano (somos trescientos millones, el pico que les sobra a los más de dos millones de chinos, y el único nuestro era el pianista Guillermo González).

¿Es tal embajador un demagogo y no estima que una presencia real en un acto cultural vale más que el oro de cien medallas? Políticos hay que dicen que la cultura no da votos; ¿han calculado cuántos quita un mal gesto? Los pedagogos de hoy no quieren que usemos la memoria. Escribió Gimferrer: "Si pierdo la memoria, qué pureza". No, señor poeta: qué putada. Y que vigilen a ese embajador o reina de los mares de oriente.

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