Quosque tamdem

Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

Repensar el turismo

La imaginación del empresario turístico concuerda más con la avaricia del negociante que con la pulcritud del historiador

Demonizar el turismo es un ejercicio intelectual tan vano como convertirlo en la panacea que resolverá todos nuestros males. El desarrollo económico ha permitido que aquel Grand Tour del que disfrutaban pequeños grupos de adinerados estetas -como el que nos retrata Forster en Una habitación con vistas- se haya convertido en una actividad muy rentable que mueve anualmente millones de personas, entre los que no siempre, se encuentra lo mejor de cada casa. Pero no idealicemos. Entre los viejos turistas, y basta con leer algunas de sus memorias, también abundaban borrachos, juerguistas y perdularios de todo jaez. Amén de quienes, aliados con avispados negociantes de la tierra, esquilmaron gran parte de nuestro patrimonio.

Las ventajas del turismo son evidentes. Crea empleo y riqueza, impulsa la puesta en marcha de infraestructuras que acabaran disfrutando los residentes de modo permanente y fomenta el intercambio cultural. Pero, como en esta vida nada es gratis, también provoca efectos indeseados que todos conocemos y sufrimos. Ayuntamientos irresponsables que convierten plazas en bares o fomentan las despedidas de soltero porque crean riqueza. Mucha menos que ruido y basura. Cierto turismo disminuye la calidad de vida de los residentes y expulsa a otros de la que ha sido su casa, convirtiendo algunos barrios en meros parques temáticos absolutamente delirantes, ya que la imaginación del empresario turístico concuerda más con la avaricia del negociante que con la pulcritud del historiador.

Exigir al turista un comportamiento educado y responsable no es ninguna banalidad. El respeto mutuo muestra nuestro nivel de cultura y convivencia. Además, somos depositarios de un ingente patrimonio cultural y es nuestro deber legarlo en condiciones mejores de como lo recibimos. De ahí, la necesidad de buscar el equilibrio entre visitas y conservación.

La riqueza que genera el turismo no puede dilapidarse matando la gallina de los huevos de oro. Si se opta por la vía de los impuestos u otra similar para restringir la oferta turística, viajar será más caro y perjudicará, más que a la economía en general, a los trabajadores con pocos recursos que viven o malviven del turismo. Pero si no hacemos nada, la masificación deteriorará la vida de los residentes hasta provocar un grave conflicto. Por ello es fundamental buscar el equilibrio entre turistas y residentes y entre cultura y disfrute.

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