Quosque tamdem

Luis Chacón

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Tiempos extraños

Me asombra leer como personas, aparentemente letradas, vuelven a pretender reafirmar una identidad propia

Europa vive tiempos extraños. O quizá, más que extraños, inesperados. Todos pensábamos, fuera cual fuera nuestro posicionamiento político, que los totalitarismos habían caído y que viviríamos un futuro en democracia. Con más o menos altibajos, pero en democracia. El fascismo, como ideología, quedó deshecho, vencido y desacreditado tras la Segunda Guerra Mundial. Las dictaduras que sobrevivieron por pura estrategia geopolítica durante la Guerra Fría, se fueron desmoronando con el paso de los años y el salazarismo y el franquismo cerraron ese capítulo autoritario y dictatorial en una Europa que avanzaba hacia el federalismo europeísta. Al comunismo le mató su terrible fracaso social y económico y su desprecio a las libertades. La caída del Muro sólo certificó una defunción largamente anunciada. El Tratado de Roma, embrión de la Unión Europea, nacida sobre los escombros de la guerra y formada por agresores y agredidos supuso, hace sesenta años, la prueba palpable de que los conflictos pueden solucionarse desde el diálogo y sin recurrir a la violencia, como había ocurrido tantas veces hasta entonces.

Y sin embargo, cada vez son más las voces que agitan las banderas del nacionalismo, del regionalismo o del aldeanismo más ramplón y cicatero. Y hasta de la raza. Hitler se mira al espejo y ve a Paul Newman. Siempre la misma historieta desquiciada. Los estamos escuchando en Cataluña, pero no sólo allí. En Centroeuropa y en la Europa del Este, en los mismos lugares asolados por el nazismo y más tarde, aterrorizados por el horror y la crueldad del comunismo de Stalin y sus secuaces, vuelven a escucharse los mismos cánticos patrioteros y las mismas consignas que se popularizaron en los años treinta y que hoy se difunden a través de las redes sociales. Me asombra leer cada día como personas, aparentemente letradas, universitarios de cualquier especialidad, docentes, artistas o escritores, vuelven a pretender reafirmar una identidad propia, buscando ridículas diferencias con sus vecinos, basadas en la genética o el carácter cuando no en una historia inventada o en una inconcebible superioridad nunca demostrada y siempre delirante.

A veces se me hace presente aquella escena de Cabaret en la que un joven nazi canta Tomorrow belongs to me (El mañana es mío) y acaba siendo coreado por toda la parroquia menos por un anciano cuyo rostro lo dice todo. Espero que solo sea un mal sueño.

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