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Rafael Padilla

Fuera de agenda

ASISTO al episodio independentista que vive Cataluña con cierta distancia y poca pasión. Estando las cosas como están, inmerso el país en un tiempo de penurias que rápidamente se agudizan, abrir un melón tan complejo es, cuando menos, irresponsable. Si de lo que ahora se trata es de cerrar filas, sobran desde luego los gestos populistas y la exaltación irreflexiva de los peores instintos disgregadores.

Y aún sobran más si, como parece, sus propios alentadores, más allá de réditos electorales, no saben muy bien lo que quieren. Si de independencia pura y dura hablamos, no se les pueden escapar sus insoportables consecuencias: la salida de la Eurozona, el brutal deterioro económico, el agravamiento mortal de la crisis y, al cabo, el colocarse de espaldas a la Historia, hoy en pleno proceso globalizador. Un horizonte tan negro que, por su obvia falta de atractivo, nos deja dudas sobre la auténtica sinceridad del propósito.

Tampoco cambian demasiado las cosas otras posibles alternativas: la conversión de España, por ejemplo, en un Estado federal, la solución de Rubalcaba, olvida los verdaderos términos del problema: de una parte, nada añade, puesto que, en realidad, coincide casi exactamente con lo establecido en la vigente Constitución e, incluso, en términos de autonomía, la empeora; de otra, conduce a un escenario en el que difícilmente van a sentirse cómodos los nacionalistas, siempre dispuestos a renegar de la uniformidad. Como no sea para establecer un factor diferencial con los defensores de la unidad de España, salvar sus propios muebles en las urnas y proseguir en la súplica del cariño de los centrífugos, poco o ningún talento se descubre en el presunto hallazgo.

La insinuación de la fórmula del Estado Libre Asociado, al estilo de Puerto Rico, que atribuyen a Artur Mas, es otra opción descabellada: por ese camino los catalanes no dejarían de ser españoles; aspectos como el de la política exterior, la moneda, la defensa o el comercio continuarían estando bajo la supervisión y el control del Gobierno Federal; tendrían que aportar una parte proporcional de sus impuestos y, eso sí, no participarían en el Congreso ni en el Senado nacionales. Un bodrio monumental con nulas o mínimas ventajas respecto de lo que hay.

Queda, claro, la Confederación, un modelo sin nítidos referentes, que, de entrada, obliga a la diabólica tarea de redefinir los subconjuntos (qué es España y qué Cataluña).

Nada de esto, entiendo, merece estar en la agenda del momento. Las normas se dictan para ser cumplidas. Frente al fanatismo, pues, serenidad; frente a la locura, sensatez; y frente a la agitación, estricta y firme legalidad democrática. Con esto debería bastarnos, que ya nos están apaleando suficientemente desde fuera como para acabar -ojo con despertar a un león tan cansado como el que más- matándonos entre nosotros mismos.

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