manías

Erika Martínez

Del sobre a la asamblea

EL día de mi primera comunión, mi tía abuela, ya entonces octogenaria, me llevó a su casa y abrió un cajón enorme lleno de bolsas de plástico dobladas maniáticamente sobre sí mismas, por si alguna vez había que guardar algo. Braceó entre ellas, como quien se abre paso entre la espuma, y sacó un sobre. En él había guardado una parte digna de sus ahorros para agasajarme. Mi tía abuela, que era buena en el mejor sentido de la palabra, que combatió su soledad en la cocina y tenía un canario viejísimo al que resucitaba con aspirinas, mi tía abuela, digo, nunca pudo imaginar que yo dejaría de comulgar dos veces aquel mismo año: con su fe y con sus principios. Tampoco pudo imaginar que el valioso obsequio que me estaba haciendo aquel día no era lo que contenía el sobre sino el sobre mismo, ese sobre insignificante que ella guardó para guardar algo, porque lo demás qué importaba. Un poco amarillento y también doblado, aún puede leerse en su anverso: "Elecciones generales 1979. Congreso de los Diputados" y, en caligrafía primorosa (esa caligrafía que tenían las abuelas a las que sólo se les enseñó caligrafía), "Para Erika".

Nací en 1979. A veces me lo repito. Soy de las que recibimos todo de la democracia y por primera vez podemos darle algo. También me lo repito. Considero que el movimiento asambleario que ha despertado el 15M es el acontecimiento político más importante de mi no tan corta vida. Y probablemente el más necesario. Este fin de semana los miles de ciudadanos que acamparon por una democracia real despejaban por decisión propia las plazas de España. Un mes de protestas no puede ser suficiente, pero es ya de por sí un éxito. Su logro: convertir en prioridad las fracturas de nuestra democracia, quejarse rotunda y pacíficamente, pensar soluciones políticas, debatirlas, concretarlas, organizar simulacros a pequeña escala de una verdadera democracia, organizarse. Han sido sólo unos pocos de miles, como en todas las manifestaciones siempre, pero sabemos que son la punta del iceberg. Ésa es su fuerza. Por cada ciudadano que se manifiesta hay otros cien disconformes. Y otros miles que dudan. Lejos de desaparecer, el movimiento asambleario no hace otra cosa que crecerse. Si sigue haciéndolo como hasta ahora, irán fraguando respuestas. Su capacidad de intervención social será mayor con cada contestación consensuada que se convierta en acción. Barrio a barrio y conciencia a conciencia, como se clama. Para que la democracia de mañana no sea ese viejo sobre que amarillea al fondo del cajón, perdido entre bolsas de plástico.

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