La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

El bosque reencontrado

Tan sólo traspasar la Puerta de las Granadas te sientes transportado no sólo a la naturaleza, sino más lejos aún

Recorrí el bosque de la Alhambra este domingo pasado, de vuelta de hacer unos miles de kilómetros por ahí fuera, saturado ya de tanta novedad y deseoso de descubrir lo que siempre nos aguarda en casa. Y, cómo no, de nuevo la Alhambra desvelando novedad a pesar de lo ya reconocidísima que la tenemos pero inagotable en su mágica capacidad de generar conocimiento y más, y más.

Fue un paseo de esos de tarde de domingo pero esta vez en compañía de un buen conocedor de lo natural que tan lejos he tenido siempre, yo que soy urbanita desde la cuna y que el campo solo lo conozco, como todos los de ciudad, desde la mística bucólica engañosa que nos hace ver una armonía en lo que los de allí ven lo más normal. Y así, pude al fin ver hojas de acanto, que las conocía en la piedra del capitel corintio, pero no en el original; o el tejo, esa umbrosa planta que todo lo subsume en el misterio de su frondoso tronco; y helechos, y plátanos, y los alisos junto al riachuelo y, en fin, la riqueza inagotable de un bosque único, antesala de la Alhambra, un espacio en el que purificarse y respirar antes de contemplar la maravilla y allí, ya sí, poder meditar.

La Puerta de las Granadas es frontera física y sensorial con la ciudad. Tan sólo traspasarla te sientes transportado no sólo a la naturaleza sino más lejos aún, un efecto que, según supe por las explicaciones de Juan Daniel, ambientólogo del que espero saber mucho más, no es tan casual al ser las especies que pueblan la colina muy distintas de las habituales por estos sures, como esos olmos que tan tristemente fueron talados cuando la plaga, o esos fresnos o, entre un sinnúmero de una riqueza natural apabullante, el almez, este si de por aquí, que busca el sol en las alturas hasta convertirse en todo un gigante.

Hace falta salir para volver con ojos limpios. Y descubrir. Este otoño será más natural, que anda uno cansado de la inútil balumba que todo lo impregna y lo amarga. Y para descansar, nada como estos baños de bosque y puesta de sol para reencontrar la calma, y pasear, y gustarse de que el tiempo todo lo arregla en su cíclico rebrotar, como el azafrán que vimos o la madreselva que, ya de bajada, distinguimos cómo brotaba por sobre un muro, incontenible, desbordada, como esta vida que nos sobrepasa de tanto ahora.

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