la columna

Juan Cañavate

Un cierto olor

ES posible que los más jóvenes no reconozcan el olor y hasta es posible que algunos de los mayores lo hayan olvidado, aunque tardasen en borrar de la memoria ese tufo incierto a moho que solía acompañarnos, pegado a nuestra nariz o a nuestra espalda, casi familiar y que nos obligaba a mirar hacia los lados o hacia atrás, intentando descubrir de dónde procedía y con el miedo siempre a que el origen estuviese demasiado cerca. Porque es cierto que aquel olor tenía algo de terror imaginario, de habitaciones oscuras y de claustros cerrados, pero también la dosis de realidad precisa para hacer perfecta la mezcla de la esencia; el sudor añejo de las sotanas, el agrio dulzor de las sacristías, la halitosis de los confesionarios y algunas cosas más que iban acompañando la pócima con un toque se santa alegría que hacía su origen aún más tenebroso y turbio: amables meriendas en casas conocidas, inocentes verbenas benéficas en el club, castas excursiones a Torre Ciudad o retiros espirituales en el Escorial con guitarra y pandereta.

Aquello, luego lo supimos, olía al Franco místico de comunión diaria que iluminó los años en que la dictadura perdía ímpetu fascista y ganaba piedad contrarreformista y preconciliar. Aunque los cristianos de verdad tuvieran que esconderse a decir misa en el Pozo del Tío Raimundo o en la Haza Grande, hartos de tanto empalago selecto y cursi y de tanta injusticia y robo bendecido con hisopo y copón.

Decía un amigo que el buen perfume se huele a través del teléfono y aquel, aunque no fuera bueno, se olía hasta a través de la radio, de la prensa, de la televisión, de las tarimas de los colegios pijos, los primeros viernes de mes, de cada mes, de cada año. De cada uno de aquellos años que los más jóvenes no conocieron y a los que a algunos mayores les cuesta ya recordar porque los muy tontos pensaron, pensamos, que aquella santa compaña no volvería a dominar los destinos de esta pobre patria que nunca, ¿para qué nos vamos a engañar? nunca, será un país civilizado y laico.

Ahora ha vuelto el olor con renovada intensidad atravesando las débiles barreras que las leyes o la misma Constitución, sin demasiada convicción, intentaron ponerle y, cuando Gallardón habla del aborto, huele; y, cuando Wert habla de educación, huele más; y, cuando la ministra Fátima Bañez habla de familia y de subsidios, se extiende por todos lados ya ese tufo intenso y terrible que tanto se parece al de aquellos tiempos.

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