El espíritu de la Constitución

ME niego a aceptar que sea una palabra vieja". La frase la pronunció ayer el presidente del Congreso de los Diputados, Manuel Marín, precisamente en el marco más apropiado: en su discurso dentro de los actos conmemorativos del 29 aniversario de la Constitución. Se refería al consenso, que hizo posible en su día que la España tensa de la transición se dotase de una carta magna incluyente y abierta, todo lo contrario de las constituciones que la precedieron en la historia nacional. Mientras, en la calle, grupos muy minoritarios de ciudadanos se dedicaban a insultar a todos los líderes políticos no coincidentes con sus posiciones radicales. Su presencia episódica, pero creciente, se explica en buena medida por la crispación sembrada durante esta legislatura por quienes están en la obligación de difundir todo lo contrario. Por eso resultó aún más adecuada y oportuna la defen sa del consenso que hizo Marín en lo que puede calificarse como su testamento político, una vez confirmado que no sigue en la vida política activa. Es eso lo que se echa en falta en la vida pública española: la generosidad y altura de miras de todos para reproducir, no el consenso constitucional en los términos de entonces, que sería imposible, sino el espíritu que lo alumbró, basado en la tolerancia, el respeto al adversario, la capacidad para ceder y no enquistarse en posiciones extremas y excluyentes, más la voluntad de pactar sobre las grandes cuestiones nacionales dejando el partidismo para las cosas ordinarias y de menor trascendencia. Probablemente los 'Padres' de la Constitución no pudieron imaginar que un asunto vital como la lucha antiterrorista quedase fuera del consenso entre los grandes partidos nacionales y se convirtiese, por el contrario, en elemento de división e instrumento electoral. Hay que apostar por que se cumpla el deseo de Marín en su despedida: que el consenso no sea una palabra vieja, sino actual y de futuro, y que no haya nunca más una legislatura tan dura y ruda como la que acaba ahora. Las tensiones callejeras que estamos viviendo tienen buena parte de su origen en el olvido del consenso por quienes deben ser sus primeros defensores.

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